Hay frases que no necesitan explicación, solo contexto. La sentencia atribuida a Claude Malhuret “cuando un payaso se instala en un palacio, no se vuelve rey; es el palacio el que se convierte en circo” trasciende la ironía para instalar una advertencia incómoda el poder no ennoblece por sí mismo, ni corrige las carencias de quien lo ejerce. Por el contrario, cuando se ocupa sin estatura ética, intelectual y emocional, no eleva al individuo, degrada la institución. Advierte entonces sobre banalización del poder y erosión democrática, con prácticas reiteradas de confrontación y desprecio institucional como lo está viviendo Colombia con un gobierno nacional que de manera permanente quiere someter la institucionalidad e insultarla si no obedece al reyezuelo.
Gobernar es, ante todo, una responsabilidad que exige rigor, criterio y un claro sentido de propósito. Sin embargo, la experiencia en este cuatrienio ha demostrado como el ejercicio del poder se ha deslizado hacia la lógica del espectáculo y el insulto. La deliberación ha sido reemplazada por el titular fácil, la planificación por la improvisación y el interés público por la rentabilidad mediática. Esta mutación afecta la calidad de las decisiones con la consecuente distorsión de la esencia misma de la política, convirtiéndola en un escenario donde la apariencia pesa más que la sustancia.
En ese contexto, el problema tiende a volverse estructural. Un liderazgo débil o frívolo que ha fallado sustancialmente en su gestión contagiando al entramado institucional. El lenguaje se ha empobrecido, la complejidad de los problemas se reducido a consignas y los debates han perdido profundidad. Lo que debería ser un escenario de construcción colectiva se transformó en un terreno de confrontación estéril, donde predomina el ruido sobre los argumentos. Así, el palacio, símbolo de institucionalidad y propósito, termina convertido en una escenografía vacía, funcional únicamente al espectáculo.
Lo más inquietante es que esta degradación no siempre genera rechazo. Por el contrario, el circo tiende a normalizarse. Una ciudadanía fatigada, entre el desencanto y la sobreexposición informativa, puede terminar aceptando estas dinámicas. En ese punto, la crisis trasciende al gobernante y se instala en la cultura política legitimando lo superficial, premiando la estridencia que desplaza la reflexión. El deterioro deja de ser una anomalía para convertirse en una práctica recurrente, difícil de cuestionar y aún más de revertir.
La cuestión de fondo, entonces, no es únicamente quién ejerce el poder, sino qué tipo de poder estamos dispuestos a respaldar. Los liderazgos no surgen en el vacío son el reflejo de lo que una sociedad tolera, exige o ignora. Recuperar la dignidad de las instituciones implica asumir una responsabilidad colectiva, elevar el nivel del debate y rechazar la banalización de lo público. De lo contrario, el país seguirá atrapado en una representación interminable donde el espectáculo sustituye al gobierno por eso un país como Colombia no puede darse el lujo en las próximas elecciones presidenciales de seguir siendo gobernado como un circo.











