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Jueves 30 de abril de 2026 - 01:00 AM

Lo que el amor igualitario nos enseñó a todos

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¿Te imaginas que la persona que amas está en urgencias y no puedes entrar a acompañarla? ¿Que muere, y descubres que no puedes heredar el patrimonio que construyeron juntos? ¿Que los hijos que criaron como familia no tienen ningún vínculo legal contigo porque adoptarlos era imposible?

Esta era la situación de miles de personas LGBT IQ+en Colombia antes del 28 de abril de 2016. Ese día, la Corte Constitucional reconoció el matrimonio igualitario y el país dio un paso importante: no solo en términos legales, sino en algo más profundo, la forma en que entiende el amor, el cuidado y la dignidad.

A diez años de ese momento, vale la pena recordar qué cambió realmente.

La Sentencia no creó las relaciones ni las familias de las personas LGBTIQ+, ni acabó con el matrimonio como institución.

Por el contrario, afianzó algo que la mayoría ya sabíamos: que lo que sostiene una relación duradera es el amor, el compromiso y el cuidado mutuo.

Además, la decisión de la Corte amplió el acceso a protecciones que muchos damos por sentadas: acompañar en la enfermedad, tomar decisiones en momentos críticos, no quedar en el vacío legal cuando alguien muere.

Es decir, la Corte reconoció que casi todas las personas queremos y merecemos lo mismo: amar sin miedo, cuidar y ser cuidados, construir un hogar con apoyo y sin violencia. Eso es lo que debe sostener a una pareja y a una familia, independientemente de la orientación sexual o identidad de género de sus miembros.

En tiempos de elecciones conviene no olvidar esta lección. Se habla de proteger a los niños y de cuidar a las familias, pero esas familias siempre han sido y seguirán siendo diversas.

Por eso, la pregunta que estas elecciones nos plantean es más cercana y concreta de lo que pareciera: ¿quiénes somos y qué estamos dispuestos a cuidar? Porque, al final, el amor, el cuidado y la posibilidad de construir una vida en común violencia ni prejuicios no son ni controversias, ni opiniones personales, ni privilegios. Son, simplemente, parte de lo mínimo que nos hace —a todos— más humanos.

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