Las elecciones presidenciales revelan una realidad tanto incómoda como preocupante: estamos formando jóvenes capaces de memorizar fórmulas, hablar inglés y resolver ecuaciones complejas, pero débiles para participar en democracia. Y no es un problema exclusivo de los gobiernos; también es un fracaso de las familias y de los colegios.
En un país tan polarizado como Colombia, las elecciones de este domingo no solo pondrán a prueba las instituciones, sino también la manera en que estamos educando a las nuevas generaciones para pensar, disentir y decidir. Contrario a lo que muchos piensan inconscientemente, la democracia no empieza el día en que una persona cumple 18 años y recibe una cédula, sino en la mesa del comedor.
Sin embargo, en muchos hogares hablar de política se volvió un tema prohibido. Se evita para “no pelear”, para “no dañar el ambiente” o porque los adultos tampoco saben cómo sostener una conversación argumentada sin terminar en ataques personales. Nuestros hijos crecen viendo discusiones cargadas de rabia, fanatismo y desinformación, pero muy pocas veces presencian debates serenos y razonables sobre economía, seguridad, salud o educación. Luego nos sorprende que voten por emociones, por TikTok o por el candidato que mejor insulta a su oponente.
Los colegios tampoco pueden seguir escondiéndose detrás de una supuesta neutralidad. Educar para la democracia no significa adoctrinar; significa enseñar a cuestionar, contrastar fuentes, identificar noticias falsas, entender cómo funciona el Estado y reconocer que ninguna ideología tiene el monopolio de la verdad. Un estudiante debería graduarse sabiendo leer una propuesta económica con el mismo rigor con el que analiza un texto literario.
Pero esto demanda valentía institucional. Es más fácil organizar elecciones de personero, cargadas de campañas vacías y promesas imposibles, que abrir espacios reales donde los estudiantes aprendan a debatir ideas incómodas. Es más sencillo premiar la obediencia que formar ciudadanos con sentido crítico.
La democracia se deteriora cuando las personas dejan de pensar y empiezan a repetir. Y hoy estamos criando generaciones hiperconectadas, pero políticamente superficiales. Jóvenes que conocen las tendencias del momento, pero no entienden cómo una reforma tributaria afecta su futuro; opinan de todo, pero argumentan poco.
Si queremos un país distinto, debemos dejar de tratar la política como un tema tóxico frente a nuestros hijos. Hay que sentarlos a escuchar conversaciones inteligentes, enseñarles a disentir con respeto y mostrarles que votar no es un acto emocional, sino ético y responsable.
El problema no es solamente quién gana las elecciones, sino quiénes estamos formando para elegir.












