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Martes 09 de junio de 2026 - 01:00 AM

A Alfredo Carrizosa Gómez

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La brisa de la mañana trajo a estos lares, hace pocos días, la certeza de que había terminado el recorrido terreno de Alfredo Carrizosa Gómez, uno de los santandereanos más gratos, serenos y afirmativos de la generación que nació en estos riscos en los años 30 del siglo XX.

La noticia corroboró una verdad sabida, que la muerte ronda entre aquellos a quienes apreciamos para decirnos en forma contundente que la vida es tiempo, que el tiempo es efímero y se vuelve polvo que se lleva el viento tarde tras tarde, dejando en el paisaje solo recuerdos, pena y silencio. Razón tenía Borges cuando escribió: “la vida es corta, aunque las horas son largas”.

Si, cada día es un testimonio cierto de que de la vida solo quedan los recuerdos pero estos también se van imperceptiblemente hundiendo en el olvido a medida que aquellos que fueron parte de nuestra existencia marchan hacia el valle de los ausentes y consigo llevan el testimonio de que alguna vez vivimos, gozamos, pensamos, sufrimos, fuimos felices, anidamos ilusiones, abrigamos esperanzas; por esa razón todo algún día se hunde en el olvido, hasta nuestros nombres. Nada de nosotros quedará. Por eso vuelvo al fecundo Borges y con él digo: “solo me queda el goce de estar triste”.

La vida quiso que Alfredo Carrizosa terminara sus días lejos del sol de su infancia, del medio en que logró volver realidad su inmensa capacidad intelectual, del suelo en que tuvo satisfacciones y sinsabores, de las montañas a que hace varios siglos llegaron sus mayores y en ellas hicieron sus hogares, criaron a sus hijos y se quedaron en su seno para siempre.

La ausencia de Alfredo corrobora en quienes lo conocimos que somos frágiles, finitos, mientras él, sonriente, nos mira desde el sitio donde está, diciéndonos que la muerte es solo un puente hacia el más allá.

Se fue Alfredo, sin miedo emprendió su último viaje, en silencio, recordando que cuando era niño y alegre corría por su añosa Bucaramanga, época en que la muerte le era ajena y la vida le era nueva.

Se fue Alfredo, aquel que vivió abriendo puertas para hacer futuro, para que fuera certero el vivir.

Se fue Alfredo, tomó camino del infinito porque no podía dejar de soñar, porque no podía dejar de mirar el mañana con optimismo. Por eso suavemente dejó que terminaran sus días para que hubiera un nuevo amanecer y se abrieran nuevos caminos, porque tenía la certeza de que la muerte es solo un recuerdo sereno en el corazón de aquellos que amamos.

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