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Martes 16 de junio de 2026 - 01:00 AM

La batalla cultural detrás de las elecciones

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Entramos en la etapa final de las campañas políticas que definirán al próximo presidente de Colombia, y una constante ha sido la ausencia de debate y confrontación de propuestas. Construir democracia implica la aceptación de desacuerdos y frustraciones, llegando a consensos que permitan desarrollar proyectos colectivos. Sin embargo, la verdadera disputa electoral no ocurre únicamente entre candidatos, sino en el terreno de las ideologías y las creencias que moldean nuestra comprensión de la realidad, haciendo que valores específicos se presenten como valores universales, convirtiendo diferencias políticas en enfrentamientos de identidad cada vez más profundos.

Para comprender este fenómeno resulta necesario conocer las ideas del filósofo italiano Antonio Gramsci. Si bien, en la actualidad, el concepto de “batalla cultural” ha sido asumido por el escritor argentino Agustín Laje, fue Gramsci quien inicialmente comprendió que las disputas políticas no se libran únicamente en las urnas o en la economía, sino también en el terreno de la cultura. El poder duradero no depende de la coerción del Estado o de la violencia, sino de la capacidad de moldear el sentido común de una sociedad, aquello que las personas consideran natural, correcto o incuestionable. Esto ocurre a través de instituciones como la educación, la religión, los medios de comunicación, las tradiciones y, actualmente, las redes sociales.

Hoy presenciamos esa disputa en la cotidianidad de una sociedad fragmentada como la nuestra. El uso de calificativos como “zurdo” o “facho”; la convicción de que quien piensa distinto es intelectual y moralmente inferior; las redes sociales convertidas en cámaras de eco que refuerzan creencias previas mediante algoritmos diseñados para amplificar emociones de odio; y el consumo permanente de referentes ideológicos (influencers) son manifestaciones de una batalla por influir en la forma en la que pensamos.

Para el intelectual italiano, buena parte de lo que creemos está condicionada por estructuras culturales que sirven a intereses particulares. Nuestras decisiones dependen del entorno en el que hemos vivido, y ese entorno no es neutro. Con frecuencia reproducimos ideas sin siquiera advertirlo. En este contexto, la polarización juega un papel protagónico, pues termina imponiéndose quien logra influir en nuestras convicciones, haciendo que aceptemos un determinado sentido común como si fuera la única verdad.

En medio de una campaña marcada por la polarización, conviene preguntarnos: ¿de dónde proviene nuestra ideología? ¿Cuánto de lo que creemos haber elegido es una decisión libre? Gramsci nos mostró hace un siglo cómo funciona el poder. No podemos seguir siendo simples receptores pasivos de ideas ni permitir que otros decidan qué debemos hacer, qué debemos pensar o por quién debemos votar. La democracia requiere debate, argumentos y pensamiento crítico. Las ideas no pueden convertirse en trincheras desde las cuales combatimos a un enemigo.

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