Por puro azar o milagro providencial, en el encuentro contra Uzbekistán, nuestra selección saltó a la cancha vistiendo el uniforme alternativo. Afortunadamente fue así, pues ver el amarillo en pleno fragor electoral habría servido para inflar el pecho de unos avalistas cuyo único horizonte discursivo se reducía a la consigna monolítica de una frase campeona por su vacuidad. Para ellos, toda discusión nacional empieza y termina en esa frase lapidaria; no hay espacio para el matiz, el programa o la propuesta real; el autor era un fantasma ideológico y su plataforma un vacío absoluto, pero la indumentaria pretendió suplir la falta de ideas. Hoy, quien camina con la prenda, automáticamente es etiquetado en el rebaño, y se anula cualquier atisbo de pensamiento crítico.
Intentar buscar otro elemento que nos cohesione con igual fuerza es un ejercicio estéril. La IA, en su habitual delirio de algoritmos mal alimentados, llegó a asegurar que el carriel es el eje de la santandereanidad; un soberbio disparate. Si pensamos en la ruana, topamos con la geografía: es magnífica, pero exclusiva de las cumbres andinas, a pesar del intento de Carlos Vives, cuyo propósito naufragó, no por la prenda en sí, sino porque el hombre apareció con la raja atravesada sobre los hombros, y se ganó el silencioso desprecio de los puristas de tierra fría. El sombrero vueltiao es una joya artesanal excelsa, pero no traduce la idiosincrasia del habitante de la cordillera. Las alpargatas de fique son hoy piezas de museo arqueológico; nadie las calza para su cotidianidad, y el machete, aunque símbolo del agro, carga con la inevitable e incómoda sombra de la violencia.
¿Y la música?: ahí el panorama es un chiste amargo. La cumbia jamás logró unificar el territorio, y menos cuando un gobernante local, en arrebatos de ignorancia supina y pura “alcaldada”, marcó por decreto la cumbia peruana como patrimonio local, incrustada incluso como himno del equipo regional. El dial comercial, copado por emisoras que idiotizan al oyente, ha sepultado la raíz nacional en favor del disfraz de charro y la ranchera importada.
Por eso, al tamizar la cultura bajo las cinco condiciones estrictas del folclor —lo empírico, lo tradicional, lo popular, lo típico y lo vivo—, el único objeto que emergía triunfante y vibrante era la camiseta amarilla. Cuando jugaba el equipo, el país se daba una tregua; desconocidos se abrazaban, y la única tragedia posible era un gol en contra. Hoy, ese tejido social se rompió. Al mirar el amarillo, la duda nos corroe: “¿Este tipo piensa en fútbol o es parte de una manada de animal sin manada?”. El recelo ganó la partida, y la sospecha terminó por secuestrar la última alegría que nos quedaba en común.












