El presidente electo tiene tres nacionalidades: la colombiana, la estadounidense y la italiana. Es por ello que Cepeda, excandidato de la izquierda, a inicios de esta semana se sumó a las voces de varios juristas, políticos y académicos que habían pedido a ADLE, durante la campaña electoral, que renunciara a la nacionalidad estadounidense.
Aquí hay que hacer varias precisiones. Jurídicamente Aberlado De La Espriella, ADLE no tiene por qué renunciar a dicha nacionalidad, cosa que en tribunales ya se aclaró. Entonces, el debate es más de orden político, es decir, de conveniencia.
En este sentido, creo que ADLE debe renunciar a la nacionalidad estadounidense por dos motivos (sin excluir otros). El primero es por conflicto de intereses. ADLE juró (y esto no es cosa menor) defender los intereses de EE. UU. sobre otros al recibir dicha nacionalidad, y va a jurar, en su posesión, privilegiar los intereses de Colombia sobre los demás. De entrada, hay una contradicción: no puedo tener dos amos al mismo tiempo (hasta la Biblia lo dice). En caso de conflicto de intereses (y tengan la seguridad de que los habrá, cosa normal en las relaciones entre países), ¿cuáles deben ser los intereses que debe privilegiar el presidente? Si ADLE privilegia los colombianos sobre los estadounidenses, se encontraría inmerso en serias dificultades con la legislación federal de dicho país. No en balde muchos políticos colombianos, por reflexiones similares, han renunciado a la nacionalidad estadounidense al momento de ocupar un cargo de altísima responsabilidad, como Luis Gilberto Murillo.
Y justo aquí está el segundo argumento. ADLE, por ser ciudadano estadounidense, tiene sobre sí varios deberes jurídicos que dejaría de tener si renunciara a dicha nacionalidad. Por ejemplo, dichas normas establecen consecuencias por violar su juramento de fidelidad a EE. UU. En el caso de que ADLE tome en un futuro una decisión que no le guste a dicho país, este podrá amenazarlo desde su normativa y ejercer así una presión indebida sobre su gobierno. Incluso, en caso de que se le retirara la ciudadanía estadounidense, por este mero hecho se generaría una crisis política innecesaria con efectos en muchos niveles. ¿Para qué asumir esos riesgos? ¿Qué se gana asumiendo esos riesgos?
Ahora bien, los defensores de ADLE manifiestan varias cosas a favor de que no renuncie a esa ciudadanía. La primera, que si no es interés de ADLE renunciar a su nacionalidad estadounidense por qué debería hacerlo. Respondo rápidamente: porque el interés general prima sobre el particular. La segunda, que así se mejorarían las relaciones con EE. UU. Contesto así: ¿es necesario que el presidente electo tenga la nacionalidad estadounidense para que las relaciones sean buenas? Claramente no es un requisito necesario ni suficiente. Se pueden tener buenas o malas relaciones teniendo la doble nacionalidad. Entonces, si no es necesario, ¿para qué asumir el riesgo de crisis políticas para el país y jurídicas para ADLE? La tercera, sobre por qué no se le exige al presidente electo renunciar también a la ciudadanía italiana. Frente a esto señalo: creo que ADLE, por coherencia, también debería rechazar la nacionalidad italiana (y de paso le daría una lección al presidente saliente, quien no lo hizo, de que Colombia es primero), pero si no lo hace, como las relaciones con Italia no son tan importantes como sí lo son con EE. UU., que es, para bien o para mal, nuestro principal referente político y comercial, entonces el riesgo de crisis no es tan relevante. Reitero, no vale la pena asumir los riesgos que implica que el presidente electo tenga la nacionalidad estadounidense.











