El discurso de la izquierda se ha vuelto obsoleto. Sus líderes han demostrado incapacidad para gobernar y una gestión deficiente, han desconocido la realidad por ideas románticas que se quedan en el imaginario, alimentando una resistencia hostil y violenta. Y con la violencia nunca se puede comulgar.
Recuerdo las palabras del escritor Rafael Argullol en la sustentación de la tesis doctoral de Polina Gorbaneva, “El “vestigio del pasado” en el cine y la literatura soviética entre 1926 y 1936”, a la que tuve la fortuna de asistir. Argullol indicó que fue comunista entre los 18 y 22 años, y dijo algo así como: “Éramos muy buenos disruptores, pero como constructores éramos hipócritas, no sabíamos qué estábamos construyendo”. Ante ese escenario de mediocridad y mezquindad él decidió emprender un camino de realidad y trabajo.
Se sigue repitiendo la misma contradicción; la izquierda y su aparato de adoctrinamiento deben asumir su responsabilidad por lo que está ocurriendo hoy. Han sido testarudos. Si realmente aspiran a defender las políticas sociales y los derechos humanos deben reinventar sus formas, abandonar el dogmatismo y abrirse a un ejercicio político más mesurado, conciliador y constructivo.
Históricamente, la izquierda siempre ha gozado de una indudable ventaja intelectual en el papel; sus doctrinas están respaldadas por bibliotecas y discursos humanistas seductores. Sin embargo, el drama latinoamericano —y más recientemente el colombiano— es que esa sofisticación teórica se desmorona en la práctica. Cuando gobiernan, sus ideales chocan con la realidad, y el resultado deja un balance muy desalentador: ineficiencia y graves escándalos de corrupción que terminan traicionando las promesas de cambio.
Ante el fracaso ejecutivo de este ciclo de izquierda, se asoma una inminente derechización como respuesta natural del electorado. Ojalá este giro político propicie una construcción juiciosa, que a través de la práctica se puedan integrar formas e ideologías en las que el humanismo sea prioridad; ya que el peligro es caer en el vaivén del extremismo. Bajo ese escenario, el gran reto será no darle motivos a la izquierda radical para justificar su narrativa de estigmatización; un señalamiento que ha escalado a extremos tan peligrosos como llamar “fascista” a alguien por el hecho de optar por un candidato de derecha.
Esta tergiversación del lenguaje demuestra, además, cierta ingenuidad de la derecha al dejarse arrebatar causas como la de la paz y el progresismo; permitiendo así que se anidara un rechazo gratuito hacia conceptos que nos pertenecen a todos. Simpatizantes de derecha continúan promulgando discursos en contra de causas tan nobles y necesarias. Recuperar el sentido de estas palabras es el primer paso para sanar el debate, pues la paz y el progreso no son patrimonio de una ideología: pertenecen a toda la sociedad.












