El retiro de los separadores físicos de las ciclorrutas ubicadas en corredores como la carrera 35, la carrera 21 y la calle 33 parece una decisión dirigida a mejorar la movilidad; sin embargo, pone en evidencia un problema profundo de Bucaramanga: la toma de decisiones sin definir el modelo de ciudad que queremos construir.
Si bien la administración municipal se fundamenta en el cumplimiento de una orden judicial que exige ajustar la red de cicloinfraestructura al Plan de Ordenamiento Territorial, la decisión responde más a un debate político que viene desde la construcción de las obras. Para un gran sector de la ciudadanía, los carriles exclusivos representan un obstáculo para la movilidad; sin embargo, no podemos reducir la discusión a escoger qué medio de transporte se utiliza más. El verdadero problema es la forma en la que pensamos a Bucaramanga.
Más allá de las deficiencias en el diseño o la ejecución de algunos tramos, lo ocurrido con las ciclorrutas refleja una práctica recurrente en Bucaramanga: resolver problemas estructurales mediante decisiones coyunturales. La ausencia de planificación, sin comprender que la ciudad es un sistema articulado, explica la crisis permanente del transporte público, la informalidad, la falta de integración entre los municipios del área metropolitana y la dependencia del vehículo particular.
Según datos oficiales, el área metropolitana registra aproximadamente dos vehículos por cada tres habitantes y cerca del 62 % del parque automotor corresponde a motocicletas. Esta tendencia, que va en aumento, no solo incrementa el tráfico y la siniestralidad, sino que también profundiza la contaminación auditiva y atmosférica, convirtiéndose en la forma de movilidad más costosa e ineficiente para una ciudad.
Ampliar vías o devolver espacio al automóvil puede generar una sensación inmediata de alivio, pero no resuelve el problema de fondo. La experiencia internacional ha demostrado que incrementar la capacidad vial incentiva un mayor uso del vehículo particular, sin resolver, en el mediano plazo, la congestión que se pretendía solucionar.
La denominada pirámide invertida de la movilidad prioriza, en primer lugar, al peatón; luego, a los usuarios de la bicicleta; después, al transporte público colectivo y, finalmente, al vehículo particular. Es un enfoque que trasciende los modelos de transporte y piensa en el diseño de ciudades compactas, con mezcla de usos del suelo, espacio público de calidad, infraestructura conectada y un sistema de transporte público frecuente, directo y confortable.
Bucaramanga no se transformará porque eliminen o construyan una ciclorruta. La verdadera pregunta es si queremos asumir la construcción de un proyecto coherente, metropolitano y de largo plazo que desincentive el uso del vehículo particular. Ese es el verdadero debate que tenemos pendiente si soñamos con un modelo urbano exitoso y con mejorar nuestra calidad de vida.












