Con el primer porrazo sobre el cincel, cuando la cuadrilla de obreros atendió la decisión de levantar las tachas que delimitaban el carril dedicado para bicicletas y patinetas, sobre la carrera 35 en pleno sector de Cabecera del Llano, los bumangueses dimos dos pasos atrás en una asignatura que siempre ha estado, por lo menos en los últimos veinticinco años, entre los pendientes de las administraciones que anuncian, una tras otra, tener la solución al endemoniado caos en el que se convirtió la movilidad en esta ciudad.
La agonía de la ciclorruta, con más detractores que partidarios desde su implementación, es apenas el caso más reciente de esa costumbre tan nuestra de asumir lo público como un asunto de otros, hasta tanto no nos saque de nuestra zona cómoda. Dense una vuelta por su trazado para ver el estado en el que se encuentra: el sentido de apropiación de una obra como esta, que pretendía de buena fe incluir a actores que buscan legítimamente un medio para transportarse distinto a quienes se movilizan en vehículos, alcanzó apenas para un puñado de usuarios pero nunca se aprovechó para construir cultura ciudadana a su alrededor.
¿O ya vieron en qué terminaron los espacios intervenidos como urbanismo táctico en la alcaldía de Rodolfo Hernández? Sirven hoy como parqueaderos de motocicletas pero, ‘a la final’, como dicen los jóvenes, fueron primos hermanos de las ciclorrutas: nadie asumió con genuino entusiasmo lo que, en otras latitudes, aplaudimos o nos asombramos apenas ponemos un pie por fuera de nuestra aldea. Entre tanto aquí la ruina acecha cada esquina, con efímeros dolientes que se turnan en la silla de las responsabilidades posando su vanidad en la galería de las redes sociales, mientras la indolencia hace de las suyas: los esqueletos de lo que quedó de las estaciones de Metrolínea -lo he dicho decenas de veces en este mismo espacio- es el ejemplo más vergonzoso.
Cuando uno intenta explicar a algún foráneo que visita estas tierras que el desastre que está viendo con sus ojos es un mamut al que intentan revivir por los lados la expresión de su rostro es indescifrable, y eso, de alguna manera, nos justifica con cada proyecto que declaramos como importantísimo porque de una vez se eterniza entre la burocracia kafkiana, los enredos de la contratación, la compra de predios, las licencias ambientales, los estudios en fase tres, la venía del vecino, la zancadilla del rival, la bendición del cura, el exorcismo del chamán y cuanta cosa aparece que, al final, nos resignamos mirando para el lado.
Bucaramanga requiere una intervención decidida para multiplicar el mensaje de hacer ciudad, esa tarea no se la podemos dejar exclusivamente a los políticos, seguro se extravía.











