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Columnistas
Domingo 19 de julio de 2026 - 01:01 AM

La transparencia desde lo cotidiano

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La corrupción es el principal obstáculo para el desarrollo y la mayor preocupación de la ciudadanía. Sin embargo, hemos concentrado el debate en los casos de corrupción que salen a la luz pública, pero poco hemos reflexionado, como sociedad, sobre las condiciones sociales, culturales y éticas que crean el caldo de cultivo propicio para sostener y reproducir el sistema de corrupción.

Por ello, el pasado 16 de julio se realizó el Foro “Transparencia e Integridad en la Contratación Pública”, liderado por la Fundación Participar, con ponencias del ingeniero Rafael Fonseca, sobre la crisis moral y ética de nuestro tiempo, y del doctor Andrés Hernández, director de Transparencia por Colombia, quienes analizan el tema desde dos perspectivas diferentes, pero profundamente complementarias.

Desde Transparencia por Colombia se expuso un panorama preocupante. La transparencia a nivel nacional no ha mejorado significativamente en los últimos años. La persistencia de escándalos en las más altas esferas del poder, la debilidad de una política pública anticorrupción sostenida y el creciente escepticismo ciudadano evidencian un deterioro progresivo de la confianza pública.

Una sociedad comienza a perder la batalla contra la corrupción cuando deja de sorprenderse por ella, pues esto abona el camino para que la corrupción deje de ser una conducta socialmente reprochable para convertirse en una costumbre.

Precisamente, ese fenómeno fue abordado por el ingeniero Rafael Fonseca desde una perspectiva filosófica y ética. Su recorrido por los grandes pensadores demuestra que la conducta humana no depende exclusivamente de las normas jurídicas. La educación, la familia, las tradiciones, las instituciones, las emociones, los intereses y la presión social moldean permanentemente nuestras decisiones, que acaban siendo determinadas por una “moral automática”, con muy poco pensamiento crítico.

Así, la corrupción excede la esfera pública y permea la cultura que rige todo un conglomerado social. Comienza desde comportamientos cotidianos que permiten normalizar la transgresión de la norma, justificados en beneficios individuales o porque “todo el mundo lo hace”, y celebrados con adjetivos como “sagaz” o “avispado”. Pagar sobornos para evitar sanciones, evadir impuestos, vender el voto por puestos o favores son réplicas a pequeña escala de la gran corrupción que aqueja al país; son renuncias éticas que, acumuladas, terminan alimentando la corrupción sistemática.

Sin embargo, “la corrupción no es inevitable”. La experiencia internacional demuestra que es posible mejorar significativamente los indicadores anticorrupción mediante liderazgo ético, fortalecimiento institucional, acceso a la información, protección a denunciantes y una ciudadanía activa.

Pero ninguna reforma será suficiente si la sociedad permanece indiferente. La sociedad civil tiene hoy una oportunidad transformadora, que involucra el ejercicio de la ética como criterio para orientar sus decisiones cotidianas y políticas. Porque las instituciones transparentes solo pueden construirse sobre una sociedad que también decida serlo.

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