No se entiende la noticia que nos informa que nuestro nuevo presidente convertirá el Palacio de Nariño en museo y se instalará en el Palacio de San Carlos. Habría que recordarle la historia de las residencias presidenciales, que comienza con el terremoto del 16 de noviembre de 1827, destructor del antiguo Palacio Virreinal que estuvo situado en el costado sur de la Plaza de Bolívar. El Gobierno colombiano ordenó entonces la compra del Palacio de San Carlos para residencia y despacho del Libertador presidente. Pertenecía al comerciante antioqueño Juan Manuel Arrubla, quien había comprado la antigua casa de la segunda calle del trazo urbano, hacia los cerros orientales, paralela a la Calle de la Carrera, para rediseñarla como su residencia. Hizo venir artesanos estadounidenses que construyeron el cielo raso plano del interior e introdujeron varias reformas y decoraciones. Su primer propietario había sido el arcediano de la Catedral, Francisco de Porras Mejía, y había pasado a la Compañía de Jesús, que lo usó como primera sede del Colegio de San Bartolomé.
Como su extenso jardín interior permite el ingreso de los helados vientos de los cercanos cerros, el presidente Rafael Núñez hizo construir el Palacio de la Carrera, obra de Julián Lombana y Gastón Lelarge, terminado en 1908. Como su frente hacia la carrera Séptima era muy estrecho, varios presidentes lo juzgaron “un caserón inconfortable”. Así que, después del Bogotazo de 1948, el presidente Mariano Ospina Pérez se regresó al Palacio de San Carlos. Pero el frío que hace allí motivó a Alfonso López Michelsen a complacer a doña Cecilia, y se abrió el proceso de construcción del Palacio de Nariño, que solo conservó la fachada oriental y el vestíbulo del Palacio de la Carrera, que fue demolido. Julio César Turbay Ayala lo estrenó y fue feliz allí, pues se había resuelto el problema de contar con una residencia presidencial adecuada. Hasta que llegó el caprichoso presidente saliente a decir que le parecía feo, y el que llegará mañana dijo que se volvía al Palacio de San Carlos. Otro capricho, que ignora que no hay que inventar problemas allí donde ya hay soluciones.












