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Viernes 28 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Salir del círculo

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Hay momentos en la vida profesional en los que la dificultad no está en encontrar otra solución, sino en reconocer que quizá ya se han intentado todas las posibles. La persistencia suele presentarse como una virtud incuestionable: insistir, buscar alternativas y levantarse ante cada obstáculo son señales de carácter, disciplina y determinación. Pero existe una pregunta incómoda que merece ser formulada: ¿cuándo persistir deja de significar avanzar y comienza a convertirse en un círculo? La respuesta exige una mirada crítica sobre las decisiones. Porque insistir no siempre demuestra fortaleza; también puede revelar resistencia a aceptar una realidad. Por eso, la capacidad estratégica consiste en reconocer cuándo continuar transforma o simplemente repite.

En ese sentido, la lógica del Plan A, B o C resulta indispensable en la gestión. Anticiparse, construir contingencias y reducir riesgos son competencias propias de quien lidera. Sin embargo, el problema aparece cuando multiplicar planes termina sustituyendo la decisión. Hay proyectos atrapados durante meses en reuniones, propuestas que se rediseñan sin avanzar y conversaciones que acumulan argumentos, pero no producen determinaciones. En esos escenarios, se requiere asumir que ninguna alternativa puede reemplazar la decisión que la realidad está reclamando.

La misma dinámica aparece en la vida cotidiana. Se envían correos, se tocan puertas, se buscan aliados, se formulan nuevas propuestas y se espera una respuesta que no llega. Entonces surge la tentación de volver a intentarlo, porque detenerse puede interpretarse como fracaso. Pero persistir y perseguir no significan lo mismo. Persistir supone continuar cuando existe una posibilidad real de transformar la situación; perseguir implica insistir cuando las señales muestran que nada cambia. La diferencia exige criterio para leer la realidad y humildad para aceptar aquello que no depende de cada persona.

De ahí que la madurez personal y gerencial también consista en administrar recursos que no aparecen en los balances: tiempo, energía, atención, confianza e ilusión. Todos son limitados y cada decisión determina dónde se invierten. Continuar indefinidamente en una situación inmóvil tiene un costo que consume capacidades que podrían orientarse hacia nuevas oportunidades. Reconocerlo no significa renunciar; representa distinguir entre lo que está bajo control y lo que corresponde decidir a otros. Esa claridad permite dejar de confundir esfuerzo con eficacia y movimiento con progreso.

Salir del círculo exige, entonces, una decisión diferente: dejar de fabricar estrategias para aquello que necesita, sencillamente, una determinación. No todas las puertas se abren porque se golpeen más veces; algunas permanecen cerradas porque no corresponde atravesarlas. El liderazgo no consiste en tener siempre un nuevo plan, sino en saber cuándo ese plan ya no agrega valor. A veces, la decisión más estratégica no es diseñar el Plan D, sino detenerse, mirar el camino recorrido y preguntarse si insistir conduce hacia el futuro o devuelve al mismo punto. Porque no todo movimiento es progreso; algunas veces, avanzar comienza cuando se decide salir del círculo y convertir la salida del círculo en una decisión consciente de futuro, no en derrota, sino en criterio.

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