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Columnistas
Lunes 31 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Autocuestión: sin culpables ni salvadores

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Hace unos días tuvimos en Vanguardia un espacio de reflexión sobre el periodismo, el medio y nuestro papel como columnistas. Se debatió sobre polarización, deterioro de nuestra ciudad y la necesidad de denunciar para generar cambios.

Salí preguntándome algo: ¿estaremos enfocándonos correctamente en los “problemas”?

Periodistas y columnistas tenemos el deber de investigar, denunciar, cuestionar y opinar con independencia. Quien ejerce el poder debe estar sometido a mayor escrutinio. Pero quizás deberíamos preguntarnos más veces por qué ocurren las cosas y avanzar hasta su causa raíz.

La polarización, por ejemplo, puede estar alimentada por el exagerado protagonismo que otorgamos a determinadas personas. Convertimos presidentes, alcaldes y líderes en responsables casi absolutos de cuanto sucede. Los elogiamos o atacamos hasta destruirlos. Paradójicamente, ambos extremos fortalecen el mismo fenómeno: el caudillismo.

Un presidente o un alcalde tienen enormes responsabilidades, pero no son omnipotentes. No deberían apropiarse de todos sus éxitos ni explicar por sí solos todos sus fracasos.

Quizás estamos mirando demasiado a quienes gobiernan y muy poco a las instituciones que construimos y a quienes somos gobernados.

Queremos una ciudad limpia, pero arrojamos basura donde no corresponde. Queremos movilidad ordenada, pero incumplimos las normas cuando nos incomodan. Exigimos seguridad mientras toleramos pequeños incumplimientos cotidianos. Reclamamos instituciones fuertes, pero nos molesta el control cuando somos controlados.

La contradicción merece una pregunta incómoda: ¿queremos mejores ciudades o simplemente mejores autoridades que administren nuestras malas costumbres?

Ninguna autoridad de tránsito puede garantizar orden si miles decidimos incumplir las normas. Ninguna fuerza pública puede construir convivencia sin ciudadanos dispuestos a respetarse.

Pero tampoco basta con buenos ciudadanos. Necesitamos instituciones que funcionen, reglas adecuadas, autoridades capaces de hacerlas cumplir y ciudadanos dispuestos a respetarlas. Los resultados colectivos surgen de la interacción entre ciudadanos, instituciones y gobernantes.

Esto no disminuye el deber de exigir. Nuestra incoherencia no elimina el derecho a cuestionar al poder, pero sí debería obligarnos a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para transformar aquello que criticamos.

Tal vez quienes tenemos una tribuna también debemos revisar nuestro enfoque: denunciar y reconocer cuando corresponda, pero dedicar más atención a las causas y menos a los personajes; más a las instituciones y la cultura y menos al espectáculo; más al comportamiento colectivo y menos al caudillo de turno.

Quiero comenzar conmigo mismo.

Como columnista seguiré defendiendo el derecho y el deber de cuestionar, pero quiero exigirme algo adicional: mirar menos al “culpable” y más a la causa; menos al “salvador” y más al ciudadano; más a la cultura y menos a los nombres, inevitablemente temporales.

Porque quizás una sociedad comienza a cambiar cuando deja de preguntarse solamente quién debe resolver sus problemas y empieza también a preguntarse: ¿qué me corresponde hacer?

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