En América Latina, cada cambio de gobierno renueva una expectativa que suele desbordarse. Se espera que quien llega a la Presidencia corrija fallas acumuladas durante décadas. Cuando los resultados no llegan, aparece el desencanto y el voto vuelve a convertirse en instrumento de castigo. Se suceden así gobiernos que nacen con grandes promesas y terminan enredados en los vericuetos del aparato estatal.
El periodista Javier Moreno, exdirector del diario español El País, aborda esta contradicción en su ensayo ¿Quién manda aquí? La impotencia ante la espiral de violencia en México y América Latina. Para escribirlo conversó con siete expresidentes latinoamericanos y les preguntó por las razones que limitaron su desempeño. Más que establecer cuánto poder tiene un mandatario, procura comprender por qué ese poder resulta insuficiente ante problemas que sobreviven a gobiernos de distinta orientación.
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Moreno lo expresa con crudeza. «Los presidentes en Latinoamérica tienen muchísimo poder… para emboscar a sus rivales, complotar, ocultar y robar. Pero, contra lo que suele creerse, disponen de muy poco margen de maniobra para hacer el bien. ¿Quién ha logrado reducir de forma sustancial los índices de violencia, por ejemplo? ¿Alguien ha conseguido acabar con el crimen organizado, consolidar las instituciones democráticas, fortalecer los contrapesos del sistema político o reducir la pobreza de forma radical y duradera en el tiempo?».
Cabe preguntarse, sin embargo, qué tan fuerte puede ser un presidente cuando las instituciones no logran hacer efectivas sus decisiones en todo el territorio. En muchos lugares, el crimen organizado impone reglas y condiciona la vida cotidiana. Moreno trae a colación el resultado funesto de la «guerra contra el narco» que Felipe Calderón emprendió apenas asumió la Presidencia, sin sospechar que centenares de policías y militares estaban comprometidos con el narcotráfico. Su mandato terminó señalado como el más violento de los últimos cincuenta años y el que permitió afianzar, aún más, las estructuras criminales.
El PNUD recuerda que la mayoría de los latinoamericanos vive bajo regímenes democráticos y que el futuro de la democracia depende de que los Estados respondan a las demandas ciudadanas. Cuando la respuesta a necesidades básicas no llega, ganan espacio quienes presentan la concentración del poder como remedio. La democracia, sin embargo, no se agota en elecciones periódicas. Requiere una justicia que opere y una autoridad legítima presente en el territorio.

El problema no se resuelve con mesianismos. Un presidente puede concentrar poder y dejar instituciones más frágiles. Lo que quede al término de un gobierno debería ser algo más que la huella de un liderazgo personal, pues el Estado tendría que haber ganado capacidad para cumplir sus obligaciones. Esa sigue siendo, sin lugar a dudas, una tarea pendiente en América Latina.











