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Lunes 31 de agosto de 2026 - 01:00 AM

La fuente de la eterna juventud

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Cuentan los que lo vieron al conde de Saint Germain, también conocido como el Maestro Sol, ese enigmático personaje recibido en todas las cortes de Europa por Luis XV, Pedro el Grande, el zar borracho, Catalina la Grande, que el conde, misteriosamente, no envejecía y que decía haber conocido a Jesucristo, a Cleopatra, a Julio César, a Carlomagno, a Atila y a Pedro el Apóstol.

El conde era pianista y escritor, y llamaba la atención por nunca comer en público, por andar siempre con mujeres jóvenes y no acostarse con ellas, por su afición a la alquimia, gracias a la cual decía conocer los secretos íntimos de la vida y poseer la eterna juventud, transformar el plomo en oro, como la buscaba el conquistador Juan Ponce de León en la Florida, donde todo florecía, nada envejecía y debía estar la fuente de la eterna juventud, antes de que una flecha le atravesara la garganta, o como la presintió Colón cuando vio el río Orinoco, pensó estar en el paraíso terrenal y vio que allí había inmensos árboles que hablan en las noches y criaturas que parecían no envejecer.

Sin embargo, si pensamos en «El inmortal», ese cuento de Borges, ¿no tendríamos que concluir que vivir eternamente nos vuelve seres grises y cansados? Joseph Cartaphilus, con ojos de estatua, un hombre consumido y terroso, con rasgos singularmente vagos, vive en la soledad como un judío errante: “errante y extranjero serás en tierra”. En ese cuento, en efecto, el inmortal protagonista está cansado de vivir, de saber tanto y de haber conocido mucho, y espera en su intimidad que, si un agua le dio la inmortalidad, otra se la pueda quitar, para ser libre nuevamente.

Tal vez el error de quienes buscan la fuente de la eterna juventud, «divino tesoro», sea pensar que la juventud consiste en derrotar al tiempo. El tiempo, sin embargo, no es nuestro enemigo; es más bien aquello que nos permite recordar, aprender, amar y descubrir que cada día puede ser el primero de una nueva vida. Envejecer no es perder la juventud, sino aprender a llevarla de otra manera. ¿No hay personas de veinte años que parecen haber vivido demasiado y otras de ochenta que conservan en los ojos la curiosidad de un niño?

El secreto de la juventud no está en el negocio de miles de cremas y de productos, de vitaminas y de elíxires mágicos que inventan charlatanes. El secreto está en mantener el alma joven, subiendo montañas en la madrugada mientras se respira el aire fresco que alegra y rejuvenece; el secreto está en disfrutar el canto de las aves y el sonido del agua que desciende como una diosa de las montañas del páramo de Cachirí, donde fuimos con los hijos y nos llenamos de ese aire y ese frío lleno de vida. Y el otro secreto es darse, servir y ayudar.

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