Cada gobierno trae consigo, como el sino trágico de su paso por el poder, un escándalo de corrupción. La olvidadas barcazas en la administración Gaviria, el proceso 8.000 de Samper Pizano, las irregularidades del caso Dragacol en la presidencia de Andrés Pastrana, la ‘yidispolítica’ en la era Uribe Vélez, el entramado internacional de Odebretch en el turno de Santos Calderón, la vergüenza de Centros Poblados en el periodo de Iván Duque y el robo descarado de los recursos de la UNGRD durante la gestión de Gustavo Petro, son ejemplos de hechos acaecidos en Colombia en los últimos treinta y cinco años.
Seguramente se quedan otros sucesos, igual o peores, por fuera de este listado cronológico escogido de forma arbitraria al azar, pero hay una gran coincidencia en la mayoría de ellos: se dieron a conocer a la opinión pública porque hubo alguien, llamémoslo testigo o fuente, que confió en la voz de un o una periodista para que amplificara su denuncia.
Paula Bolívar Pinilla fue la reportera que, con una mezcla de olfato periodístico e intuición, desarrolló un trabajo de investigación, que le valió un Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, al revelar el entramado que funcionarios del gobierno saliente, congresistas y empresarios montaron para asaltar, casi que sin despeinarse, los billonarios recursos de la Unidad Nacional para la Gestión y Atención de Desastres (UNGRD), empezando por los cuarenta carrotanques parqueados en un batallón, en la Guajira, los cuales supuestamente servirían para aplacar la sed eterna con la que conviven los habitantes de esta península en el Caribe colombiano.

Ni una gota repartieron, pero sus responsables -o irresponsables, mejor- iban por más: ollas y comedores comunitarios, jagüeyes, maquinaria amarilla y más carrotanques para otras regiones, como Boyacá y Santander, hicieron parte de una ‘fiesta’ que, cada uno de los implicados, aprovechó para llenar sus bolsillos con el dinero, más de un billón de pesos, que serviría para salvar la vida, por ejemplo, de niñas y niños con severos cuadros de desnutrición en esta zona del país.
¿Criminales? Sin duda, ¿condenados? Solo el exalcalde de Sabana de Torres, Sneyder Pinilla, a lo mejor el más débil del eslabón de sinvergüenzas que hoy están judicializados y privados de la libertad, un par de ellos prófugos, como el santandereano Carlos Ramón González, de estrechos vínculos con gran parte de la bochornosa fauna política que gobernó, o lo hace aún, en estas tierras.
El desastre de los decentes es el título del libro que Bolívar presentó en la Feria del Libro de Bucaramanga, Ulibro, en el cual hace un pormenorizado relato, una clase magistral de periodismo investigativo, sobre este ignominioso capítulo que terminó en un sonado proceso judicial cuyo desenlace está aún por verse.










