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Viernes 11 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

La ciudad en decadencia

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Las ciudades no se deterioran de un día para otro. Primero pierden confianza, después oportunidades y, finalmente, capacidad de reaccionar. Por eso, la palabra “decadencia”, utilizada recientemente por el doctor Fernando Vargas Mendoza para referirse a Bucaramanga, debería entenderse menos como una provocación y más como una señal de alerta que empieza a encontrar eco en las calles, empresas, universidades y entre ciudadanos que alguna vez la miraron como una ciudad con vocación de liderazgo, que durante décadas fue reconocida por su dinamismo empresarial, capacidad de emprendimiento e influencia regional. Es ahí donde se tiene la obligación de preguntarse si conserva hoy la misma ambición de futuro.

El problema no puede medirse solamente en huecos, inseguridad, deterioro urbano o pérdida de competitividad. Es más profundo. Una ciudad entra en decadencia cuando deja de atraer talento, cuando sus empresarios encuentran mejores escenarios en otros lugares, los jóvenes comienzan a imaginar su futuro lejos de ella y la política pierde la capacidad de construir propósitos colectivos. El indiscutible retroceso ocurre cuando una sociedad empieza a considerar normales situaciones que antes le resultaban inaceptables. Allí la decadencia deja de ser percepción y comienza a convertirse en cultura.

Bucaramanga, sin embargo, posee una ventaja que muchas ciudades envidiarían: una historia de carácter. La memoria de los Comuneros representa precisamente la capacidad de una sociedad para levantarse frente a aquello que considera injusto. Esa herencia serviría hoy para algo más que recordar el pasado. Debería impulsar una nueva conversación sobre el futuro. La pregunta no es si Bucaramanga alguna vez fue grande, sino si está dispuesta a volver a competir. Porque recordar el liderazgo perdido puede alimentar la nostalgia; recuperar el liderazgo exige decisiones.

Para ello se requiere una agenda de ciudad que trascienda los períodos electorales: recuperación del espacio público, seguridad, movilidad, infraestructura, generación de empleo, atracción de inversión, fortalecimiento empresarial, innovación y articulación real entre universidades, gremios, empresas y gobiernos. También hace falta algo menos visible, pero decisivo: recobrar la confianza. Ninguna transformación sostenible será posible si cada sector trabaja por separado o si cada administración comienza de cero. Bucaramanga necesita un propósito compartido, indicadores para medir avances y dirigentes capaces de sostener una visión incluso cuando políticamente resulte incómoda.

“La ciudad en decadencia”, más allá de convertirse en un titular para la confrontación o asumirse como una sentencia, es una llamada de alarma a todos los bumangueses, donde se hace una pregunta a la conciencia colectiva: ¿Qué se hará cuando una ciudad que todavía tiene talento, empresas, universidades, ubicación estratégica y memoria histórica decida dejar de conformarse? La respuesta definirá más que una administración. Trazará un rumbo a una generación. Porque la decadencia nunca es pasajera: se vuelve inevitable cuando la sociedad deja de combatirla. Y quizá el primer acto de transformación de Bucaramanga sea precisamente ese: dejar de preguntarse quién tuvo la culpa y comenzar a identificar quién tendrá el valor de hacerse responsable.

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