El Romanticismo convirtió la montaña en una de sus imágenes predilectas. Si la llanura o el jardín ordenado simulaban una armonía clásica carente de sustancia y libertad interior, la montaña ofrecía el espectáculo de una naturaleza excesiva, abrupta, indócil, tan encantadora como peligrosa y tan inocente como espontánea.
Sus cimas, sus precipicios y sus mares de niebla se convirtieron en escenario y en refugio para buscar toda una serie de experiencias desbordantes que la civilización de abajo, por desventura, ya no podía ofrecer.
Allí arriba aguardaba algo, algo que entrelazaba la fascinación con el temor, una fuerza extraña que en su desmesura engrandecía a la vez que disminuía a ese pobre y desamparado sujeto moderno, necesitado siempre de nuevas emociones.
De ahí la conocida imagen del individuo solitario que, detenido en las alturas, contemplaba el horizonte como si desde aquel lugar pudiera interrogar a la vez la profundidad de la naturaleza y la de sí mismo; ese que, como en la pintura de Caspar David Friedrich, permanece erguido sobre un promontorio rocoso mientras un mar de niebla cubre el mundo a sus pies.
Lo cierto es que dicha preferencia por las alturas respondió a una mutación histórica más profunda. En la modernidad, la vida citadina había comenzado a hacerse cada vez más regular y segura, y, a medida que ese proceso avanzó, la imaginación tuvo que buscar en los paisajes extremos una compensación.
La montaña se convirtió así en el reverso de la ciudad moderna, en el lugar donde aún parecía posible reencontrarse con el encanto y el riesgo perdidos, con la grandeza, con lo sublime, con las fuerzas destructoras y creadoras que, realmente, conducían al mundo.
Así, avanzado el siglo XVIII, el espíritu occidental comenzó a sentirse cansado de la civilización misma, con su vida monótona y previsible. Pero entonces —y he aquí el meollo del asunto— no solo se vio impelido a salir en busca de aventuras extraordinarias a la naturaleza abierta, sino que intentó traerlas de regreso a los parques y jardines de la ciudad.
En ese desplazamiento del gusto que fue del jardín geométrico heredado del clasicismo francés al paisaje irregular que celebraba el nuevo jardín inglés, se dejaba leer, en efecto, una mutación de la sensibilidad que permeó numerosos aspectos de la vida.
Era la voz del Romanticismo, que pretendía haber nacido en la tormenta y juraba que solo en la tormenta misma se extinguiría. Era la voz del Romanticismo, voz que, ciertamente, gritaba duro, y se dejaba sentir hasta en el diseño de los nuevos parques urbanos y citadinos.
Pero ¿bajo qué idea el nuevo espíritu de la época diseñaba jardines? Entre otras cosas, bajo la idea de que las personas no siempre tenían que abandonar la ciudad, atravesar los caminos rurales o ascender hasta las cumbres inhóspitas para encontrarse con las fuerzas naturales que eran capaces de interrumpir la regularidad y la monotonía de sus vidas.
De lo que se trataba era de introducir esa «naturaleza» en medio de la vida de la ciudad. Frente a la meticulosa geometría de los jardines franceses, que sometía árboles, fuentes, caminos y parterres a una arquitectura visible de líneas rectas y perspectivas dominantes, el nuevo jardín inglés aspiraba a que la naturaleza pareciera haberse compuesto a sí misma y a que, en esa libertad, liberara a su vez a uno que otro paseante.
Caminos sinuosos, lagos, praderas, grupos irregulares de árboles, pequeñas colinas y ruinas fingidas sustituían la simetría por la ilusión de espontaneidad. La naturaleza, cuidadosamente administrada, comenzaba a presentarse como si escapara a toda administración.
El Englischer Garten de Münich, los parques londinenses, el Bois de Boulogne en París, todos ellos testimoniaban la misma transformación: la naturaleza había dejado de ser aquello que se debía excluir para convertirse en lo que toda ciudad que se tuviera por grande debía incorporar.
Pero fue, con todo, en Nueva York donde esta transformación alcanzó una de sus expresiones más singulares y democráticas (aunque convenga no ponerse demasiado solemnes con esa palabra). Casi como en los versos de Whitman, un día se quiso hacer un poema en el que cupieran cómodamente las más estrambóticas multitudes del mundo: el parque central de la central isla de Manhattan.
Una roca gigantesca, lagos, bosques, puentes, un castillo (el romanticismo los volvió a poner de moda), mucha música, 300 gamines, al menos 50 idiomas distintos, los célebres halcones, muchísimas aves migratorias del norte y el sur del continente, ardillas y ratas, el otoño más hermoso del mundo, drogadictos, millonarios y una flor. Ladrones y monjes, peluqueros callejeros, una dulce parejita, dos mapaches…
Mil turistas, todo Harlem y la Quinta Avenida, la estatua de Colón, la sangre de John Lennon, el busto de Humboldt, el Met —que es otro microcosmos—, un jardín francés en cuyo centro hay una fuente de mármol, trabajadores cansados de todos los orígenes tendidos en el suelo, mi salón predilecto de jazz, crías y madres, una esquina con paz. Y, también, una despampanante muralla de rascacielos.
La verdad es que, con una situación tan surreal, no resulta extraño que por ahí se encuentre también la estatua de Alicia. Central Park, para quien sabe mirarlo, es un mundo que contiene cientos, si no miles de mundos. O, mejor dicho, es un parque que es más que un parque. Es un lugar privilegiado que aspira a contener lo salvaje de la naturaleza pero que, además, contiene lo salvaje de la propia civilización.
Porque el parque es todo, menos una postal de armonía social. O bueno, es eso, y más: es una grieta finamente trazada en una ciudad atravesada por líneas de clase, raza y dinero, una ciudad en donde, de una esquina a otra, se consigue contemplar toda la grandeza y toda la miseria del mundo.
En un felicísimo día martes recorrimos con Eleonora Grace todo el perímetro del parque y tales fueron las imágenes que nos encontramos. Desde el costado oriental, subiendo hasta la 110, y luego por el occidental hasta Columbus Circle. Un pequeño mundo dentro del mundo; un mundo que se entiende mejor cuando se camina, un mundo para nosotros, un mundo hecho de todos los mundos…y un nuevo mundo para ti.












