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Martes 06 de octubre de 2026 - 01:00 AM

De la prevención a la provención

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Hemos llegado a vivir en un estado de alerta constante: reactividad, tener que escuchar solo para reaccionar y la necesidad de imponer la propia lógica. La violencia diaria que convirtió el ataque y la descalificación en pedagogía es un síntoma de un modelo de relaciones agotado. No habrá reforma posible mientras pretendamos construir convivencia desde el fanatismo sordo con el que nos desgastamos en la mesa y en la calle.

La hostilidad que denunciamos diariamente en las redes sociales es una manifestación de nuestras fracturas personales: la primera separación no ocurre en la conversación política, sino en un chat con una pareja, la decisión de un colega o la mirada fría que damos a quienes no comparten nuestros sentimientos. Nadie puede ofrecer en la calle la empatía, el cuidado o el reconocimiento enterrados en lo profundo de su propia conciencia.

Con la polarización, consideramos la diferencia como un rechazo a nuestra identidad sin comprender que la tensión y el contraste son inherentes a la naturaleza humana. Las relaciones no son perfectas desde el principio, pero los mecanismos afectivos y éticos con los que las navegamos son precarios. Cuando hay duda o dolor en casa, la mente se cierra, elevando el ego a la verdad última y convirtiendo el hogar en un tribunal de culpables. Desde esta parálisis, uno debe expresar conscientemente la ira, el miedo y la vulnerabilidad para derribar prejuicios y evitar que destruyan puentes: los lazos emocionales no son lo que está mal, sino señales que vienen de ti para que escuches tu voz. Y es entonces cuando la preparación para la convivencia va más allá de la familia y se convierte en un deber cívico esencial. No se trata de apagar incendios cuando la agresión ya ha destruido la confianza, sino de cultivar los hábitos de apreciación, autorregulación y escucha cada día. La pacificación de la sociedad no se logra a través de decretos o discursos institucionales, comienza con la madurez ética de desarmar la prevención en la mesa familiar para que podamos encontrarnos en el territorio y construir lo común juntos.

Cantemos con León Gieco: “Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente, que la muerte seca no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente”. Así, para que el compromiso cívico supere la apatía, es necesario desarmar la reactividad, reemplazar la prisa por ganar por el deseo de aprender, y hacer de cada espacio un laboratorio de diálogo verdadero. La reparación del tejido social es un deber ético que se está llevando a cabo ahora en el aula, en la mesa y en el terreno. Provención: Habitarnos sin destruirnos.

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