Publicado por: Hugo Armando Arciniegas
Durante la Semana Santa de 2028 se realizará en Ocaña un simposio nacional conmemorativo de la Gran Convención de Ocaña. Ese bicentenario no será una “celebración”, sino una “conmemoración”, porque se trató de una gran esperanza y de una gran frustración del año 1828. Los asistentes pondrán un recuerdo en común y extraerán la lección política que allá se aprendió. Los venezolanos encubrieron esa lección atribuyendo equivocadamente el “fracaso” a la influencia de uno de sus diputados, el exvicepresidente Francisco de Paula Santander.
Pero la lección que allí debió aprenderse no era una novedad política, porque el pueblo de Massachusetts ya la había aprendido en 1779, cuando su Corte General redactó una carta constitucional y la presentó a las ciudades para que fuese votada por todos los varones adultos. Fue abrumadoramente rechazada, porque la redacción de una constitución no corresponde ni al poder judicial ni menos al poder ejecutivo. La inspiración de John Locke es insoslayable. En consecuencia, en 1779 tuvo lugar en el mundo, por primera vez, una convención popularmente elegida con el exclusivo propósito de redactar una constitución que debía ser sometida al pueblo para su ratificación. Con esta acción, la primera constitución de Massachusetts fue un acto del pueblo soberano.
Antonio Nariño llegó a la villa del Rosario como vicepresidente encargado y con un proyecto constitucional que había redactado. Fue archivado. Los enviados del presidente Simón Bolívar llegaron a Ocaña con un proyecto constitucional inspirado por él, que de inmediato fue rechazado por buena parte de los diputados. Despechados, los agentes del Libertador acabaron con el quorum, poniendo fin a la Gran Convención. La lección es clara: ningún poder ejecutivo puede dictar, directa o indirectamente, una nueva constitución, porque es una prerrogativa absoluta del poder del pueblo, representado en sus diputados constituyentes. No hace muchos meses que el voto popular derrotó en Colombia a un presidente que amenazó con reformar la constitución a su antojo, por interpuesta persona. El castigo político no se hizo esperar, porque la lección de Ocaña es clara: solo el pueblo es soberano para darse su código fundamental e inhibir los abusos del poder ejecutivo.












