Querido Papo: pasaba por aquí para saludarte, igual que casi todas las semanas cuando te llamo para preguntarte algo, pero más aún, para darte alguna noticia sobre el fallecimiento de uno que otro integrante de aquel maravilloso equipo de 1975. Se nos están acabando las lágrimas y las palabras también; casi no podemos ni hablar, se forman nudos en la garganta cuando los integrantes de la tan recordada nómina, deciden marcharse para siempre. A veces pienso que te da miedo contestar el teléfono, pero no tengo con quien conversar en esos momentos dolorosos que se nos han venido encima. Emely de Riatiga me avisó en la madrugada del viernes que nuestro gran amigo Eduardo Emilio Vilarete Fernández había partido sin despedirse; a duras penas alistó sus guayos, su camiseta número nueve y llevaba una sonrisa que ni para qué te cuento. Quería irse al vestuario celestial, no aguantaba más el dolor producto de la amputación de su pierna izquierda. Los capitanes de aquella época, Gilberto ‘el Burro’ Centeno y Roberto Frascuelli, salieron a recibirlo tan pronto San Pedro abrió las puertas. Detrás de ellos, estaba don Víctor Pignanelli fumándose un cigarrillo; el técnico uruguayo le dio un cariñoso beso y un cálido abrazo, era su hijo predilecto. ‘El loco’ se puso a llorar como un niño y recordaron la noche cuando el Junior les ganaba tres a cero en el Alfonso López. Don Víctor les dijo de todo; después de la vaciada y el regaño, Eduardo Emilio se acercó y le susurró: “Profe, tranquilo, ahorita salimos y les hacemos cinco”. Y así sucedió.
Ahí no más estaban Toño Rivas, Carloman Ávila, ‘el Pato’ Bareiro y Venancio Zelaya; los ‘paraguas’ le hicieron el reclamo porque un día Vilarete se los llevó con su compatriota Atilio López a bailar con unas muchachas al barrio San Alonso. Los sacó de la concentración, se tomaron sus cervezas y terminaron multados por culpa del fantástico goleador samario. Eduardo llevaba en los bolsillos de su pantaloneta unos pesitos y se los devolvió; estaba muerto de la risa, ¡como siempre! Pedrito Ardila se paró delante de Eduardo Gillio y de Alfredo Arango; lo abrazaron por largo rato, parecía que estuviesen celebrando un gol. El puntero brasileño le recordó cuando tiraba los centros en forma de banana y su tocayo cabeceaba “como los dioses”, frase que acuñó para siempre el hijo del barrio Ancón en Santa Marta. El maestro Alfredo Arango lo saludó con su típico “Qué más cuadro” y le secó las lágrimas. Se sentaron frente al mar y hablaron por largo rato.
Te cuento que llamé a Carlitos Gaviria y conversamos durante una hora; está muy golpeado, igual que todos. El lateral antioqueño recordó que te había llevado al Medellín junto con ‘Pitula’ Martínez. Carlos todavía no encuentra el porqué “no fuimos campeones si teníamos tremendo equipazo”. Le conté a Gaviria que yo te vi con aquel Junior de Barranquilla que tenía en sus filas a los brasileños Dacunha, Caldeira y Víctor Ephanor; mi abuelo me llevaba de su mano al Romelio. En el 75, fue papá quien me llevó aquella lluviosa tarde cuando ustedes golearon al Deportivo Cali cuatro a uno; Vilarete hizo dos y ¡de cabeza! Algo natural en él. Ayer recordé que mientras cubría las eliminatorias para Italia 90, me encontré en Barranquilla al ingeniero Hernando Quijano, presidente del Atlético en 1989 y mientras lo entrevistaba para Zona de Candela de Caracol, me soltó la noticia: “Contratamos a Vilarete, le vamos a pagar 50.000 pesos por partido”. Eduardo hizo un gol y cerró su carrera en el mismo estadio, con el mismo equipo en el cual inició su periplo futbolístico en 1974. Confieso que he llorado mucho; esta semana se me fueron dos grandes amigos: Luis Aurelio Prada y Eduardo Emilio Vilarete. Todavía no he hablado con Miguelucci, me toca darle la noticia con calma; él portero marplatense quería mucho a Vilarete y siempre le decía “loco lindo”. Carlos Julio Castellanos le hizo una crónica muy hermosa al nueve samario y yo hice un video para redes. Encontré una frase maravillosa de mi amigo Fabio Arenas: “Vilarete no tuvo que saltar mucho para llegar al cielo”. Papo, no olvides que te quiero, disculpa la llamadera.










