Hace días, en mi línea de tiempo de la red social X, leí una publicación del veteranísimo periodista Héctor Rincón, de amplia trayectoria en grandes medios tradicionales colombianos, que me alertó. “Los periodistas están obligados a escoger lado: estar en el contrapoder o pertenecer al poder; lo que no es honesto con el oficio es camuflarse para prestar servicios a uno u otro bando”, escribió.
Tuve que leer varias veces la afirmación para tratar de recordar si, en alguna de las clases que recibí de mis profesores de prensa, Iván Darío Montoya y Guillermo León Aguilar, me dormí justo en el momento en el que explicaron de qué lugar deben estar los reporteros —que no es en ningún otro que en defensa de la verdad—, pero al rato el excoequipero de Hernán Peláez en La Luciérnaga y Yamid Amat en 6 AM 9 AM, en Caracol Radio, corrigió: “O dicho mejor —y de otra manera—, el periodismo se ejerce como contrapoder o no es periodismo; quien lo hace desde el poder es en realidad un relacionista público”, puntualizó.
El estratega Carlos Suárez, ahora poderoso presidente de la junta directiva de Ecopetrol, que funge además como asesor personal del presidente de la República, Abelardo de la Espriella, enfiló baterías hacia La Silla Vacía, uno de los medios de comunicación digitales más importantes, no solo del país, sino del contexto latinoamericano, señalándolo como un medio que ejerce como ‘actor político’, que merece recibir una ‘respuesta política’, y cargando contra su directora, Juanita León, por haber gateado en alfombras al pertenecer a una familia de empresarios que, entre otras cosas, ha tenido negocios legítimos con el Estado.
Suárez amenazó con revelar esta información desde el puesto privilegiado que ahora ocupa y salpicó a otros medios de comunicación, como Cambio, declarándolos ‘enemigos’ del Gobierno. La mentira, las teorías conspirativas y la descalificación son ahora la tendencia global, amplificadas por la caja de resonancia en que se convirtieron las redes sociales, o que fueron creadas justamente para ello, corrijo, por lo que es ahora apenas normal que todo lo que se diga en contra de un funcionario o sobre cualquier cuestión que involucre asuntos de gobiernos y que huela mal corresponda a un montaje de no se sabe quién o cuál para acallar la crítica.
El papel de la prensa, como lo he escrito aquí repetidamente, es actuar como el zumbido del moscardón, que molesta, fastidia, ampolla, enrojece, así que nada bueno nos espera, en este y en cualquier otro gobierno, cuando se gradúa de ‘malos’ a los que hacen preguntas incómodas. “Los perros ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”. El buen periodismo no es de derecha ni de izquierda: es periodismo, simple










