Publicado por: Editorial
Faltan 12 meses para las elecciones de alcaldes, concejales, gobernadores y diputados, pero el calendario electoral, los plazos legales, las renuncias obligatorias para evitar inhabilidades y los anuncios de quienes aspiran a un cargo público comenzaron ya a definir el ritmo de la política nacional y regional, que empieza a marcarse por las tensiones, producto de la medición de fuerzas, los pactos, las alianzas y las estrategias locales y regionales.
Lo que no es aceptable es que el proceso que apenas comienza se convierta, una vez más, en ese campo de ataques personales, descalificaciones y polarización que el elector de Santander ha soportado por décadas y empieza a producirle repudio hacia una actividad política reducida a una simple confrontación verbal en la que pierden los partidos, las instituciones y, sobre todo, la gente. Las elecciones del año entrante deberían ser una oportunidad para tramitar las diferencias programáticas e ideológicas con altura, con honestidad intelectual, con argumentos serios y, sobre todo, sin agravios. En este escenario deben prevalecer las ideas, no las campañas que apelan a noticias falsas, entrevistas amañadas y pautas millonarias en redes sociales para manipular algoritmos y explotar el sesgo de confirmación de una sociedad atascada en la pasión y sorda a los argumentos.
A doce meses de elegir a las autoridades que tomarán decisiones sobre el transporte y la seguridad cotidiana, los santandereanos no podemos seguir siendo rehenes de las pasiones que se desatan en las redes sociales. Nos enfrentamos a campañas diseñadas para explotar los sesgos y manipular los algoritmos, pero la respuesta debe ser el rigor: contrastar propuestas, participar en el debate de ideas y castigar la mentira en las urnas. Para tener mejores gobiernos, Santander necesita con urgencia un electorado que deje de rendir culto a las figuras y empiece a exigir resultados concretos.
Lo que se elige en esos comicios tiene una importancia capital, como que los gobernadores, alcaldes, diputados y concejales son las autoridades que inciden directa y permanentemente en la seguridad del barrio, en el estado de la vía, en la plaza de mercado, en el servicio de transporte, en la escuela del sector y, por eso, por tratarse de unas elecciones especialmente sensibles y determinantes para la ciudadanía, es que las campañas proselitistas deben respetar al elector y tener un tratamiento serio, digno y maduro.
La decencia política se manifiesta precisamente en el respeto al adversario, en la veracidad de lo que se afirma, en la coherencia entre el discurso y la acción; quien no puede debatir sin insultar, difícilmente podrá gobernar sin pisotear, así como quien recurre a la calumnia para ganar votos, difícilmente administrará con transparencia y es por eso, entre muchas otras cosas, que el electorado tiene derecho a exigir de los candidatos la mayor altura en su comportamiento.
La idoneidad administrativa también importa, pues gobernar un municipio o un departamento requiere conocimiento técnico, capacidad de gestión y experiencia. Los problemas de agua, vías, salud, educación, ambiente o seguridad no se resuelven con capacidades escasas, sino con planes, equipos competentes y voluntad de trabajo. La campaña debe servir para que los candidatos demuestren que están preparados. Aparte de los candidatos están los partidos y, si estos optan por la confrontación, la campaña se degradará, pero si, en cambio, promueven debates programáticos y exigen a sus candidatos altura, el proceso será edificante, los partidos se fortalecerán y los electores responderán masiva y tranquilamente.
Los funcionarios que aspiran a participar también enfrentan un dilema, debido a que deben abandonar sus cargos a tiempo para no incurrir en inhabilidades, lo que genera vacíos y movimientos en la administración. Esa situación es legal y previsible, pero exige responsabilidad, pues no se puede usar el cargo público como plataforma electoral ni dejar las entidades a la deriva por cálculos personales.
En fin, cada elección es una oportunidad de que la política recupere su sentido de servir a la gente. Necesitamos buenos candidatos, pero, con urgencia, también electores exigentes.
La ciudadanía tiene un papel insustituible: informarse, contrastar propuestas, asistir a debates y exigir cuentas son deberes esenciales para garantizar un voto informado y consciente. Cuando el elector sucumbe a la emoción del momento, a la pugnacidad o a la lealtad ciega hacia un caudillo, la democracia pierde, pues su calidad depende, en última instancia, de la madurez de sus electores. Por ello, la sociedad exige a los potenciales candidatos verdadera preparación. Aunque tienen todo el derecho de postular sus nombres, asumen la obligación de formarse a la altura de los desafíos locales. Lamentablemente, el panorama actual refleja más alianzas y componendas políticas que la solvencia y visión técnica que la realidad regional exige.
Los comicios del año entrante son una nueva oportunidad para reivindicar la política como vía de progreso, sin ignorar las diferencias, sino tramitarlas con respeto; sin evadir o renunciar a la crítica, sino expresarla con fundamento; sin evitar el conflicto, sino resolverlo con diálogo y tolerancia. En fin, cada elección es una oportunidad de que la política recupere su sentido de servir a la gente. Necesitamos buenos candidatos, pero, con urgencia, también electores exigentes.









