Revisando mis notas encontré un sueño que tuve con un amigo que murió este año. Yo hablaba con otro amigo sabiendo que él estaba muerto, y por eso no podía salir de la casa en la que estábamos. Él me decía que la muerte no era nada del otro mundo, y yo le decía que se nos había adelantado mucho. En un momento le toqué la cabeza y me di cuenta de que estaba medio calvo y que tenía muchos lunares, unos protuberantes. Pensaba que eso era lo que menos debía gustarle de estar muerto, pues en vida había sido muy vanidoso…
Nos repetimos que los tiempos cambian, sin duda en este siglo es más notorio gracias al vertiginoso avance de la tecnología. Además, mutan nuestros objetos de estudio e intereses. Estos cambios históricos se hacen más evidentes al examinar cómo eran abordados los sueños antes: “…las pasadas civilizaciones habían visto en los sueños un fenómeno sagrado con carácter de revelación, que, procedentes de potencias divinas, daban al hombre un consejo o una advertencia, en cambio ahora, bajo la influencia del pensamiento materialista del siglo XIX, se marcó a los sueños con el sello de producto absurdo y casual…” (75).
Independientemente de la relevancia que le queramos otorgar a los sueños, es fascinante constatar que hay una fuerza creadora en cada uno de nosotros. Los sueños nos hacen singulares, esas imágenes que se crean en nuestro mundo interior son solo nuestras. Sin embargo, esa dimensión íntima se encuentra amenazada. Como bien afirma André Sonnet en El misterioso mundo de los sueños: “Desatendemos el mundo interno de nuestra alma, que se expresa en los sueños, porque la industria peliculera, a modo de moderna “fábrica de sueños” ha uniformado y confeccionado nuestros anhelos inconscientes y ¡ya no nos damos cuenta cuánto nos vamos empobreciendo psíquicamente!” (8).

Hoy no es solo la industria cinematográfica, sino también las redes sociales y la inteligencia artificial las que moldean nuestras transformaciones sociales y psíquicas, pues casi todo lo que consumimos está impregnado del inevitable mundo virtual. Sin embargo, en la frontera con lo humano existen dos límites que la IA no puede traspasar y que nos permiten guardar un margen de libertad: La IA no puede sentir dolor ni tampoco soñar; sus estados son la indolencia y la vigilia.
El alma no puede ser objeto de estudio, pero nuestros pensamientos sí. Cuando interactuamos con la IA, ella está llevando un recuento de cada uno; el fin es ubicarnos en algo determinable, y así seguir alimentando sus algoritmos. Estos intercambios gradualmente van homogenizando nuestro pensamiento. Debemos ser perspicaces, desconfiados, la IA es una herramienta útil, pero herramienta al fin.











