Mi salón de cuarto bachillerato en el glorioso Colegio de Santander era vecino de la UIS; desde la ventana podía ver esa otra seducción académica que no le era ajena a un joven de solo 16 años; algunos de mis profesores también lo eran en ella y eso aumentaba la temperatura, porque, sin duda, el pensamiento en la silla y en los corredores se concentraba en nuestro próximo e inevitablemente siguiente destino: la Universidad Industrial de Santander.
La lucha estudiantil era una cita que bajaba como río desbordado por la calle novena y descansaba en el glorioso. La juventud en su reclamo histórico y la policía en su oficio. Nunca estuve en la calle como protagonista de esas vendetas; una voz que aún no conozco me invitaba con insistencia a visitar la biblioteca y disfrutar, como en el paraíso, el sabor de la poesía de Bécquer, en sus rimas, el canto de Neruda en Antofagasta y, desde luego, los secretos de García Lorca y su desnudez.
Ya era normal visitar con mis compañeros la universidad, como un paseo, una caminata que años después los recibiría a ellos en el aula como estudiantes y a mí como profesor. Cuando entré al salón del edificio de Básicas a mi primera clase, sabía que había un joven de 16 años mirando por la ventana. Desde ese día, una nueva relación apareció en el día a día, un nuevo devenir que terminó permitiéndome ser uno de sus egresados. La historia había viajado a mi lado y jamás lo percibí. Esas experiencias también me enseñaron que algo había que transformar, que grandes tareas deberían de concentrar el esfuerzo de toda una comunidad académica: su planta física.

En la calle, en el imaginario, era una discusión que nadie se atrevía a iniciar: lo público era sinónimo de abandono, de descuido, de pobreza, de necesidades, de desaseo, paredes en obra gris, pupitres en mal estado, baños viejos y malolientes, etc.; pensar en manejar los destinos de la UIS, una universidad pública, con un criterio privado era, desde luego, un acto revolucionario, una locura tal vez.
Desde esta columna de opinión, como egresado y como exprofesor de la UIS, queremos agradecer y rendir un homenaje a los exrectores, exgobernadores y al actual gobernador Juvenal Díaz Mateus, a la Asamblea de Santander, a la Presidencia de la República y a la comunidad universitaria que ha permitido este ejemplar cambio en la planta física de la universidad.
Sin duda, administrar lo público con criterio privado ya no es un sueño. Señor rector Hernán Porras Díaz, un reconocimiento especial por su legado, por enseñarnos a todos que siempre será posible el triunfo de la primavera sobre el invierno.











