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Martes 20 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Prohibido olvidar

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El esfuerzo institucional por borrar palabras, cambiar narrativas y silenciar identidades colectivas ha sido una constante histórica. Cuando la democracia agoniza y el poder quiere imponer un pensamiento uniforme, recurre a políticas de olvido. En Colombia, sobre el polvo en los pasillos del Museo Nacional, quedan las huellas de los borrados en las salas “Haciendo Sociedad” y “De la Memoria” como el síntoma de una ofensiva oficial contra la memoria histórica y de aquellos que han sido históricamente marginados.

No estamos hablando de un simple cambio en el guion museográfico. No es un ajuste técnico; es una regresión consciente para reducir la validez de los derechos ganados por poblaciones vulnerables: las políticas públicas borrarán las categorías de sujetos de especial protección; el campesinado será despojado de peso político e histórico, relegado a eufemismos tecnocráticos; disidentes sexuales, movimientos sociales y víctimas del conflicto armado terminarán siendo voces silenciadas.

Frente a la hipocresía del poder que impone realidades mediante decretos y resoluciones, la literatura, la poesía y la música son refugios de resistencia. Rubén Blades canta en Prohibido olvidar: “Prohibieron la inteligencia con un decreto especial”. Cambiar el nombre de las cosas o eliminar la memoria gráfica de la guerra de las paredes de un museo es pretender que la realidad se adapte a un escritorio gubernamental. Se borran palabras creyendo que así las deudas históricas, la violencia estructural y la discriminación se evaporan.

Ya lo decía Mario Benedetti al denunciar y exigir sobre las palabras: “No les quiten la carne ni el pulso. No las obliguen a nombrar lo insostenible”. Mutilar el lenguaje y vaciar de contenido la protección para minorías o campesinos es una estrategia para despojar a los colectivos de su estatus como personas. Es reducir la historia a lo que Eduardo Galeano retrató en Los Nadies: condenar a los vulnerables a no tener rostro sino un brazo, a no aparecer en la historia universal sino en la crónica negra de la indiferencia institucional.

¿Dónde están las banderas del pluralismo en esta purga de la cultura? El arte y la memoria gráfica no existen para complacer al gobernante de turno; existen para incomodarlo. Como canta León Gieco en La Memoria: “La memoria despierta para herir a los pueblos dormidos que no la dejan viajar libre como el viento”.

Las paredes vacías del Museo Nacional y los textos oficiales despojados de sus palabras esenciales no permanecen en silencio: gritan. Defender a las víctimas, al campesinado y a las minorías no es una causa sectorial; es el mandato ético básico para no perder la humanidad. Frente a los decretos del olvido, el lema sigue siendo el mismo: prohibido olvidar. Quedan los libros, quedamos usted y yo.

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