El costo de los alimentos aumenta, acceder a una vivienda resulta cada vez más difícil, los servicios esenciales no se garantizan y la incertidumbre laboral crece ante el avance de la inteligencia artificial. Mientras tanto, las empresas enfrentan dificultades, la corrupción sacude a las instituciones y los ingresos no alcanzan para sostener el nivel de vida. No es Bucaramanga ni cualquier ciudad colombiana, es lo que viven Europa y Estados Unidos, referentes históricos del modelo occidental.
Para comprender el origen de las manifestaciones de la semana pasada, hay que mirar más allá de sus consecuencias y examinar la crisis de confianza en las democracias liberales. El endeudamiento público mundial ha alcanzado récords históricos; las desigualdades y las dificultades para mejorar sus condiciones de vida cuestionan las promesas de un modelo económico que, durante décadas, defendió que el crecimiento y los beneficios tributarios, bajo teorías como la del goteo o derrame, terminarían generando más empleo y bienestar para todos. Cuando trabajar no garantiza estabilidad y comprar vivienda se convierte en una ilusión, la promesa pierde credibilidad.
Reducir cualquier análisis a las consecuencias de las manifestaciones es tener respuestas antes de conocer las preguntas y soluciones antes de entender los problemas. El Estado debe ejercer su autoridad frente a la violencia y el vandalismo; sin embargo, la represión como única herramienta no resolverá la crisis de acceso a la vivienda en Portugal y España, que exige examinar la insuficiencia de la oferta, los precios del suelo, las barreras regulatorias y el uso de los inmuebles como activos financieros. Tampoco solucionará las dificultades educativas, el costo de la energía ni la pérdida de poder adquisitivo que alimentan el malestar ciudadano en Francia, Italia y Estados Unidos.

No todo se explica por la inmigración ni por el maniqueísmo ideológico que domina las redes sociales. Esas discusiones pueden ocultar problemas más profundos: una institucionalidad que pierde credibilidad y una clase dirigente desconectada de las preocupaciones cotidianas de la gente. Como afirmó recientemente el argentino Agustín Laje, “la gente no come batalla cultural”, una frase que refuerza la idea de que la ideología y las disputas políticas no sustituyen los resultados materiales que exige la ciudadanía.
La incertidumbre es mundial y los vientos de caos pueden llegar a Colombia si no nos centramos en garantizar oportunidades laborales, crecimiento empresarial, estabilidad, seguridad, necesidades básicas y condiciones para construir un proyecto de vida. Estos son fundamentales para transformar el descontento en confianza institucional. No basta con administrar las crisis ni convertirlas en batallas ideológicas; hay que resolverlas.
La experiencia demuestra que ignorar estas señales, minimizar sus causas y desviar la atención del problema solo aviva el fuego. Todavía estamos a tiempo de actuar.











