En Bucaramanga y su área metropolitana, este fenómeno se presenta de manera compleja y, en ocasiones, invisible. Según los resultados de la reciente Encuesta de Percepción Ciudadana de Bucaramanga Metropolitana Cómo Vamos 2024, el 7% de los encuestados reconoció haber experimentado corrupción, ya sea al recibir solicitudes de sobornos o al ofrecerlos.
Por Giovanna Rodríguez - García
Hoy, 9 de diciembre, conmemoramos el Día Internacional contra la Corrupción, una fecha que nos invita a reflexionar sobre uno de los mayores desafíos sociales: la corrupción. Este fenómeno no solo obstaculiza el desarrollo, sino que erosiona la confianza en las instituciones, agrava las desigualdades y compromete el bienestar de nuestras comunidades.
En Bucaramanga y su área metropolitana, este fenómeno se presenta de manera compleja y, en ocasiones, invisible. Según los resultados de la reciente Encuesta de Percepción Ciudadana de Bucaramanga Metropolitana Cómo Vamos 2024, el 7% de los encuestados reconoció haber experimentado corrupción, ya sea al recibir solicitudes de sobornos o al ofrecerlos. No obstante, las percepciones sobre la magnitud de la corrupción reflejan una situación aún más preocupante: el 41,9% de los encuestados considera que la corrupción ha aumentado, el 49,6% opina que se mantiene igual, y apenas un 8,5% percibe una disminución. Estas cifras reflejan una sensación de estancamiento en los esfuerzos por combatir este flagelo.

La corrupción combina tres elementos esenciales: la ganancia privada, el abuso de un poder encomendado y el mal uso de ese poder. Estos elementos generan un círculo vicioso que perpetúa el fenómeno, particularmente en América Latina. En contextos locales como Bucaramanga, vemos cómo estas dinámicas afectan tanto el funcionamiento de las instituciones como las interacciones sociales, creando un círculo vicioso que debemos romper.
Pero ¿cómo hacerlo? Una estrategia clave es fortalecer la transparencia. Colombia ha avanzado significativamente en este aspecto con iniciativas como la Ley de Acceso a la Información Pública y las plataformas de contratación abierta. Estas herramientas han demostrado su efectividad para prevenir y detectar actos de corrupción. Sin embargo, la transparencia por sí sola no es suficiente. Necesitamos también proteger a los denunciantes, garantizar mecanismos efectivos de seguimiento y fomentar una cultura de integridad que valore el bien común sobre los intereses particulares.
El cambio cultural es quizás el mayor desafío. Muchas veces, las prácticas corruptas se justifican bajo normas sociales que priorizan el “favor” o la “lealtad” a un grupo específico. Para combatir esto, debemos trabajar desde la educación, inculcando valores éticos y universales desde edades tempranas y promoviendo el universalismo como norma. Como ciudadanía, tenemos un papel fundamental: exigir rendición de cuentas, participar activamente en los procesos democráticos y rechazar cualquier forma de corrupción en nuestras vidas cotidianas.
Hoy es un día para recordar que la lucha contra la corrupción no es solo responsabilidad de las instituciones. Es un esfuerzo colectivo que comienza con cada uno de nosotros, en nuestras decisiones y acciones diarias. Combatir este flagelo es, en última instancia, un acto de esperanza y compromiso con una sociedad más justa y equitativa para todos.











