Llegué a la Colonia Lomas de San Ángel Inn, casa 19, gracias a mi amigo Farouk Caballero, quien me puso en contacto desde hace meses con el coordinador de la Fundación para las Letras Mexicanas: Geney Beltrán, el cual me abrió un espacio para visitar la Casa 100, como le llaman a la vivienda en donde Gabriel García Márquez escribió Cien años de soledad. Me pasó a buscar Alejandra Gallo, quien además maneja, desde el estudio de radio y televisión, las transmisiones digitales. Está ubicado en la que era la cocina de la vivienda de don Luis Coudurier, el mismo que esperó de manera paciente a que la familia García Barcha le pagara la renta, porque, como él mismo le dijo a Mercedes, la esposa de Gabo: “Muy bien, señora, con su palabra me basta”.
Llegué despacio, como se llega a las iglesias y a las casas de los escritores. El barrio huele a jacaranda y a historia, con árboles que parecen guardianes. Entré con respeto solemne a la Casa 100, en donde Gabo vivió entre 1965 y 1967. Se encerró en la ‘Cueva de la Mafia’ con café, cigarrillo y una máquina de escribir Smith-Corona, y allí parió Cien años de soledad. Aquí Macondo dejó de ser idea y se volvió tinta. Tomé fotos, mientras el tiempo se hacía delgado. El olor es lo primero: papel viejo, madera crujiente, café humeante y ese aroma que tienen los libros cuando llevan décadas guardando secretos. Aleja me alcanzó la primera edición de Cien años de soledad, ¡me temblaban las manos! Me senté en la silla del maestro; el pequeño estudio olía al sudor penetrante del uniforme de Aureliano Buendía, el hijo de José Arcadio y de Úrsula. Sentí sus pasos de militar, estaba frente al pelotón de fusilamiento.
El patio es chico, con una pequeña puerta de escape que da salida a un parque. Cuentan que el hijo del telegrafista se iba a pensar al lado de un árbol que todavía existe. Está melancólico porque Gabo ya no va a visitarlo, pero envía sus mariposas amarillas de vez en cuando.
Me paré frente a la pared en donde Gabo pegaba hojas. Mercedes, su esposa, vendió el carro para que él pudiera escribir sin interrupciones. “Un año sin sueldo”, le dijo él. Y ella le creyó, aunque se demoró más de un año escribiendo y tomando las decisiones que cambiaron la literatura para siempre. Subí al cuarto en donde dormían Gabo y Mercedes; me contaron que allí, en esa habitación, Gabo lloró la muerte de Aureliano Buendía. Soy un privilegiado: estuve sentado frente al escritorio en donde Úrsula perdió la vista y ganó la eternidad.
En la casa no había ruidos, ni el de Rodrigo ni el de Gonzalo, los hijos del maestro. Solamente escuché el “tic-tac” de la máquina de escribir. Sentí a Gabo caminando en pantuflas, fumando sin parar, tachando párrafos. Vi cómo nacía Macondo entre las líneas de alguien que canceló las vacaciones en Acapulco, mientras su familia refunfuñaba. Había encontrado el tono.
El maestro Álvaro Mutis le había regalado el libro Pedro Páramo, la obra maestra de Juan Rulfo, y le dijo: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”. García Márquez lo leyó cien veces esa noche, y esa noche cambió su realismo: ¡se volvió mágico!
Uno cree que va a ver reliquias, ¡por supuesto! Hay fotos, libros, pisadas, huellas, hojarascas en el patio, todo suspendido en el tiempo de Macondo, con el calor de Aracataca. Pero lo que más pesa no está en exhibición. Lo que pesa es la sensación de que aquí, un hombre se metió con un país entero dentro del pecho y lo esculpió en más de 450 páginas. Colombia salió por esa puerta, la del Caribe: la guerra, el amor imposible, los muertos que no se mueren. Todo nació aquí, en San Ángel, a 2.895 kilómetros de Aracataca.
Miré por la ventana, el cielo estaba gris, se me humedecieron los ojos. Vi la grandeza con bigote, sentada en una silla, frente a una máquina de escribir, que no es otra cosa que un pelotón de fusilamiento. Dedicado a mi esposa Ángela, quien creyó en mí, como Mercedes en García Márquez.











