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Hernán Clavijo Granados
Domingo 22 de junio de 2025 - 01:00 AM

Dejar atrás la arrogancia

Hoy, no pretendo dar lecciones. Solo compartir una certeza que me regaló el proceso de caer y levantarme: la mejor versión de uno mismo no nace del éxito ni del reconocimiento. Nace del coraje de transformarse cuando ya no hay nada que demostrar.

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Por años creí que lo hacía perfecto. Que el carácter resuelto, la seguridad en mis argumentos, y la capacidad de tomar decisiones difíciles eran suficiente prueba de madurez. En esa lógica aprendida, y premiada tantas veces en el ámbito profesional, confundí la arrogancia con fortaleza. Tantas veces no dije lo que sentía a tiempo, tantas veces creí que callar era sinónimo de control, cuando en realidad era miedo. Miedo a ser juzgado, a equivocarme, a mostrar vulnerabilidad. Decir “es que así soy yo” fue, durante mucho tiempo, mi escudo. Pero también es, y lo entiendo ahora, una de las frases más inmaduras que podemos usar para justificar lo que no queremos o no sabemos cambiar.

Lo que no sabía entonces es que esa máscara, cuidadosamente construida para protegerme, era también el principal obstáculo entre la persona que era y la persona que quería ser.

No fue un libro ni una conversación lo que me reveló esto. Fue una crisis. Y, como casi todas las que verdaderamente transforman, vino acompañada de una pérdida. Una de esas que no se resuelven con soluciones rápidas ni discursos bien elaborados. Una que te desarma por completo y te obliga a mirarte, sin excusas ni adornos, en el espejo más honesto: el del dolor.

Ahí entendí que había confundido firmeza con superioridad. Que muchas veces no escuchaba, sino que simplemente esperaba mi turno para hablar. Que daba consejos, pero poco los aplicaba. Que me esforzaba por tener la razón, cuando lo que más necesitaba el otro era sentirse comprendido.

Reconocerlo no fue fácil. Mucho menos compartirlo. Porque la arrogancia tiene un mecanismo eficaz de defensa: el orgullo. Ese que nos impide pedir perdón, mostrar dudas o admitir que no lo sabemos todo.

Pero cuando uno empieza a desmantelar esa estructura, se encuentra con algo mucho más valioso, y es la posibilidad de ser verdaderamente humano. Porque ser empático no es debilidad, es madurez. Ser noble no es ser ingenuo, es ser valiente. Y ser humilde no es perder, es ganar la capacidad de conectar.

Hoy, no pretendo dar lecciones. Solo compartir una certeza que me regaló el proceso de caer y levantarme: la mejor versión de uno mismo no nace del éxito ni del reconocimiento. Nace del coraje de transformarse cuando ya no hay nada que demostrar.

Ser mejor persona, mejor padre, mejor pareja o mejor amigo no se trata de acumular más logros, sino de cultivar una mirada más generosa hacia uno mismo y hacia los demás. Y eso —aunque se diga poco— empieza cuando decidimos, honestamente, dejar atrás la arrogancia.

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