Publicado por: Nilson Pinilla
Como deploraba en mi anterior artículo publicado en este mismo destacado medio de comunicación social, el “pueblo de Colombia”, renombrado en nuestra excelente pero quebrantada Constitución Política, no se yergue para hacerse respetar, ni participa para exigir lo correcto. Más bien deja hacer y deja pasar la depredación, en indolencia rayana con el masoquismo.
Recuérdese el impactante pregón de Noam Chomsky, profesor emérito del Instituto Tecnológico de Massachusetts, al reclamar el desarrollo de una cultura democrática constante y viva, capaz de conmover a los elegibles, para que al ser electos sí realicen aquello que prometieron y movió a apoyarlos, pues votar por alguien para luego desentenderse “no va a cambiar las cosas”.
Pero el desinterés y la pusilanimidad abundan, a la mayoría no le preocupa elegir bien y menos controlar a sus gobernantes, ni a sus legisladores, diputados, concejales, ediles.
Más de la mitad se abstiene de votar, mientras muchos de los que acuden a las urnas lo hacen presionados, para mantenerse en la burocracia clientelista, o se dejan manipular por los caciques y sus secuaces, algunos llevados por la necesidad, a cambio de favores circunstanciales o de prebendas, a veces nimias.
Con razón ha llegado a afirmarse que en Colombia no tenemos democracia, sino cleptocracia, percibiendo cómo se actúa en el Congreso y en la conducción de departamentos y municipios, o narcocracia, por el origen caudaloso del dinero sucio con mayor incidencia electorera.
Se observa de qué manera los más tramposos, o sus cercanos allegados, cochambrosamente financiados, tienen oportunidad alta de convertirse en senadores o representantes, o gobernadores o alcaldes. Ello mueve tanto a grima, como que Armando Benedetti hubiese continuado como embajador de Colombia en Venezuela, así fuese por “solo una semana más”.
Es apenas nominal, inexistente, una “democracia” manejada por aviesos, en la cual “los más capaces y honestos” tienen raras ocasiones de resultar electos, mientras los farsantes acceden al poder y lo tuercen, movidos no por el interés general, al que vanamente otorga prevalencia el artículo 1º constitucional, sino por la codicia y la insaciable apetencia de cada politiquero.
Bien expuso Nelson Mandela (Ushuaia, 1998) que la democracia “es una cáscara vacía”, aunque los ciudadanos voten y tengan Congreso, cuando en alto grado por culpa de quienes a este llegan, no hay comida cuando se tiene hambre, ni medicamentos cuando se está enfermo, ni cabal educación al alcance de todos, ni se respetan los derechos fundamentales de las personas.
nipinilla@yahoo.com










