Publicado por: Nilson Pinilla
Al pasar de Sucre al departamento de Córdoba se halla Sahagún, acogedora población que se acerca a cien mil habitantes, cuya cabecera urbana atrae, no obstante el intenso calor que impera en toda esa hermosa región.
Sus conciudadanos jovialmente debaten con los de Lorica, Tierralta, Cereté, Montelíbano, Planeta Rica, cuál es la segunda municipalidad del departamento, tras la pujante Montería.
Fundada en el siglo XVIII por el colono español Antonio de la Torre y Miranda, Sahagún quedó signada como homónima de la villa de la provincia de León, estando ubicadas a no larga distancia del respectivo litoral del océano Atlántico, fascinante golfo de Morrosquillo en el caso colombiano.
Su denominación oficial completa, San Juan de Sahagún, poco se utiliza con su epónimo santificado, quien se estaría haciendo cruces, deplorando la vileza de algunos habitantes, que salieron para recibir con beneplácito a Bernardo Miguel Elías Vidal, alias Ñoño, cuando él regresó al poblado, luego de pasar más de un lustro en un centro especial de reclusión, probablemente convertido en club social.
El 28 de febrero de 2018, la Sala de Juzgamiento de la Corte Suprema de Justicia profirió sentencia contra dicho ex senador, condenándole a seis años más ocho meses de prisión y de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas, además de multa por valor equivalente a 125.8 salarios mínimos legales mensuales vigentes.
Tal punición fue menor a la que correspondía, por tasarse en sentencia anticipada, que el mentado malhechor propició al aceptar los cargos que le fueron imputados, por delitos de cohecho propio y tráfico de influencias de servidor público, negándosele la suspensión condicional de la ejecución de la pena y la prisión domiciliaria.
Es reconfortante que haya purgado algo de lo merecido por su mal proceder, pero avergüenza la bajeza de quienes expresaron su beneplácito por el retorno del politiquero pillo, recibiéndole como a un héroe, según lo aseverado en los medios de comunicación.
Ñoño quedó con limitaciones para fungir personalmente, pero ya se ha observado cómo siguió el clientelismo en el “servicio” público, por el continuado quebrantamiento de lo dispuesto por el artículo 125 constitucional, la inaplicación de la extinción de dominio y la falta de control social.
Es muy triste este nuevo ejemplo de pérdida de la ética pública, comprobándose que nos hallamos inmersos en una contracultura, donde se aplaude al corrupto exitoso y se vitupera la probidad.
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