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Samuel Chalela
Sábado 14 de septiembre de 2024 - 01:01 AM

Verdad, no chabacanería

Hay que desterrar de la política la vulgaridad y la mentira, la liviandad y la farándula, para reivindicar el conocimiento, las ideas y sobre todo la verdad.

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Cuando los artistas pisan el escenario en un estreno están muy preocupados por no defraudar. Obtener el respeto del público es su prioridad. Después vendrá la fama, los autógrafos y las fotos. ¿Por qué no pasa lo mismo en política? En el arte hay, digamos, misterio. Algo mítico quizás, que invita a la cautela para entender o no entender, gustar o no, y que solo obedece a la sensibilidad cultivada de algunos. Es simplemente conocimiento, versación para clasificar entre lo irrelevante y lo merecedor de admiración. Esta es una categorización marcada principalmente por la originalidad, la autenticidad y la escasez de la obra misma. En la política desapareció el ‘misterio’, cualquiera posa de estadista, sobre todo los rufianes que infiltraron la escena para llenarse de privilegios o evadir responsabilidades; desentendidos del bien común (Trump y Maduro, para mirar solo hacia afuera).

En arte hay una élite promotora que sirve de tamiz. Una especie de validación institucional. Es simplemente un grupo de agentes del circuito artístico (curadores, coleccionistas, directivos de reputados museos). En política en cambio, los electores escogen ahora basados en ‘influencers’, opinantes aislados, bodegas y algunos medios que mezclan su función con intereses estratégicos de grupos económicos, presentes en las redes sociales y su algoritmo con ‘cámara de eco’. Un caldo de ‘fake news’, bulos y patrañas. Las agencias de noticias (Reuters, AP, AFP, Bloomberg, etc) eran garantía de información universal y veraz. Pero ahora tantas fuentes de garaje devaluaron la verdad. La academia y las organizaciones sociales deben tener participación obligatoria en la divulgación de la información a través de la red digital para la formación de una opinión pública fraguada en hechos y conocimiento. En el arte, la erudición (digámosle ‘el misterio’) y el tamiz de los expertos mantienen el respeto hacia los artistas y las obras. En política, la situación de los agentes de divulgación académicos y responsables diluidos ya en un mar de bocones, degradó el respeto e instauró la chabacanería.

Hay que desterrar de la política la vulgaridad y la mentira, la liviandad y la farándula, para reivindicar el conocimiento, las ideas y sobre todo la verdad. Y eso lo puede hacer la prensa que no solo está para propagar lo que se dice, sino para revelar la verdad. Fue magistral la intervención de los moderadores del debate Harris vs Trump cuando interceptaron falsedades rústicas como que los haitianos se están comiendo los perros y los gatos de los americanos, o que la aprobación federal del aborto conducirá a que se decida con el bebé ya nacido si vive o lo asesinan. La prensa está para r dar voz a todos, pero también para desmentir al que miente cínicamente.

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