Publicado por: Sergio Rangel
La historia de Nayide la conté una vez. Pero quizás por ese orgullo infinito de los hombres no confesé que esa mañana la busqué desesperado. Después de leer su carta abandonada en la mesa de noche, en papel cuadriculado de aquel desgastado cuaderno de apuntes contables de cosas compradas y vendidas, en donde dejaba ver por los manchones de tinta que había llorado. Un grueso goterón escapado de sus ojos en donde me decía precisamente ahí entre borrado, que me amaba, pero no, diluido todo, yo era para ella una ruta indefinida. Se marchó a la madrugada, supuse, porque en el desorden de las sabanas no estaba sino la oquedad de sus formas y era vago ya en la almohada el perfume agridulce de una noche enamorada. Corrí como un demente a la estación del tren. Indagué en la ventanilla de pasajes por una mujer así, morena de cabellos al viento, quizás también en el rostro y en los ojos invisibles la desesperanza de los que huyen. Partió en el “Iguanero”, el estrepitoso tren de la madrugada, que aplasta inclemente las iguanas adormiladas en los rieles buscando el calor de esa cortina corrediza. El sol despierta al universo menos a ellas, que esperan como lo borrachos tendidos en las carrileras cuando ya no existe lugar abierto en dónde escurrir la última copa, y de verdad que es la última. Irse ahí en ese abominable tren salpicado de tripas, maldita madrugada. La vi por primera vez descender en la tarde en la estación solitaria batida por el viento de verano. Las hojas amarillas y secas de los tamarindos se le pegaron al vestido, eran adornos minuciosos para una noche de fiesta. En el último vagón se oía una algarabía de hombres y mujeres que reían, tocaba una banda de músicos borrachos que seguimos oyendo hasta que se perdió a lo lejos. Y entonces fue que me le acerqué tomándole la maletica de cuero en donde al abrirla después me enteré que no existía adentro sino un adiós refundido en un cuaderno de apuntes y un lápiz, un cuchillo para partir mi corazón.
De todo eso me he vuelto a acordar ahora, que con Felix Jaimes y una periodista de Vanguardia hemos ido a ver si es verdad que existen todavía los rieles de un imaginario tren que el presidente Uribe mandó construir para el país. Son quizás unos 1.500 kilómetros de rieles que dividen al país hasta la Costa Atlántica. Están ahí, son reales, no se los han robado todavía, las traviesas son de cemento y los rieles desprenden el brillo del acero nuevo. A esa red férrea es a la que se espera que el tren del Carare se una para sacar el carbón. Pero ríanse ustedes. Todos hablan en Santander del carbón y del tren del Carare y no existe ni una línea escrita, ni ningún estudio sobre ese tema. El señor Shen, el representante de una multinacional China con quien hemos entrado en conversaciones y quien vamos a presentar al Gobernador, está esperando que le llevemos algún informe para comenzar a concretar lo que hasta ahora es un sueño.









