Columna de opinión de Víctor Solano Franco

Si hay algo en lo que hemos sido verdaderamente democráticos en Colombia ha sido en recibir los embates de la violencia, nos ha marcado a todos de alguna u otra manera . La historia reciente de Colombia está marcada por una violencia que no discrimina. Desde la insurgencia guerrillera hasta el paramilitarismo y la violencia estatal, el país ha soportado décadas de conflicto que han dejado una profunda huella en su sociedad. En este contexto, es crucial preguntarse: ¿qué necesidad tiene el presidente Gustavo Petro de reivindicar a las figuras máximas de la guerrilla del M-19 sin antes hacer valer los sentimientos y necesidades de reparación de las víctimas de todas las violencias en Colombia?
Continuamente, el presidente Petro se ha visto envuelto en polémicas por sus actos y declaraciones que parecen exaltar al extinto grupo guerrillero M-19. Recientemente, en un acto público, afirmó que el sombrero del ex líder guerrillero Carlos Pizarro era un “patrimonio cultural de Colombia”. Estas declaraciones generan incomodidad y resentimiento entre las víctimas de la violencia insurgente de los años 70, 80 y 90, quienes aún claman por justicia y reparación.
Es comprensible que el presidente Petro, como antiguo miembro del M-19, sienta una conexión personal y política con su pasado. Pero ¿son razonables sus demostraciones de afecto a ese pasado como lo hizo recientemente en un acto público donde no pudo ocultar su felicidad cuando algún par de simpatizantes subió a la tarima agitando la bandera del M-19? Al ocupar la más alta magistratura del país, su responsabilidad debería centrarse en unir a una nación fragmentada y en sanar las heridas del conflicto. Reivindicar a figuras guerrilleras sin un reconocimiento previo, equitativo y un proceso de reparación efectivo para todas las víctimas de la violencia en Colombia, envía un mensaje de parcialidad y desdén hacia quienes sufrieron a manos de la insurgencia.
Colombia ha avanzado en el reconocimiento de las víctimas y en la búsqueda de justicia a través de procesos como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras y los acuerdos de paz con las FARC. Sin embargo, estas iniciativas deben fortalecerse y extenderse para abarcar a todas las víctimas de la violencia, sin importar el perpetrador. La reparación y la justicia no son favores, son derechos fundamentales que el Estado colombiano está obligado a garantizar.
Presidente Petro: morigere su discurso. Mostrar un poco más de respeto y sensibilidad hacia las víctimas de la lucha guerrillera no solo es un acto de justicia, sino un paso necesario para la reconciliación nacional. Lo mismo debe ocurrir con las víctimas de la violencia paramilitar. Los símbolos y las figuras del pasado insurgente pueden tener un lugar en la historia, pero no deben eclipsar el dolor y las demandas de aquellos que han sufrido. La verdadera paz y unidad se construyen reconociendo a todas las víctimas y asegurando que sus voces sean escuchadas y sus heridas, sanadas.
La grandeza de un líder se mide no solo por su capacidad de recordar su pasado, sino por su habilidad de construir un futuro inclusivo y justo para todos. Colombia necesita un presidente que mire hacia adelante, que trabaje incansablemente por la reparación de todas las víctimas y que, al hacerlo, demuestre que el camino hacia una paz duradera pasa por la justicia, la verdad y la reconciliación.










