si bien tras seis meses de diálogos exploratorios el Gobierno y las Farc suscribieron un acuerdo para iniciar una fase de negociaciones, en tal etapa no puede haber candor
Publicado por: REDACCION EDITORIAL
El anuncio hecho por el presidente Santos de que el Gobierno adelanta conversaciones con las Farc en búsqueda de un acuerdo de paz, tiene una importancia sustancial y cumple con la obligación que tiene todo mandatario de buscar el fin del conflicto.
Sin embargo, también es el comienzo de una etapa llena de interrogantes y riesgos que hacen que deba andarse con cautela y ojos vigilantes en todas las direcciones.
Lo anterior porque si bien tras seis meses de diálogos exploratorios el Gobierno y las Farc suscribieron un acuerdo para iniciar una fase de negociaciones, en tal etapa no puede haber candor, ya que los diversos intentos de llegar a un acuerdo de paz con dicha fuerza irregular han mutado en una sumatoria de intentos fracasados.
En otras palabras, la guerra tiene seguidores que desde las más diversas líneas en más de una oportunidad han hecho estallar por los aires las posibilidades de superar tal fase.
Enemigos de terminar la guerra hay tanto en la extrema izquierda como en el mundo del narcotráfico, así como en la extrema derecha.
Pero más allá de la desconfianza que amplios sectores de la opinión tienen hacia las Farc, que lamentablemente con sus posiciones de estos días en las conversaciones no han hecho más que alimentar el escepticismo, debe fijarse el foco de atención en que la paz es deseable, aún a sabiendas de que si llega no será perfecta.
Vuelven a vivir las Comisiones de Paz, los encuentros en Europa y en Cuba, la presencia de países amigos, de naciones garantes, los comentarios de prensa (unos atinados, de buena fe, otros sin sanas intenciones), las posturas de cada sector colombiano, el afán de protagonismo de quienes solo se afanan por quedar en la fotografía del acontecimiento.
Comienza formalmente la jugada audaz y definitiva que sobre su papel en la historia emprendió Juan Manuel Santos como Jefe de Estado, a la que no hay que volverle la espalda sino alentarle, poniéndole de sobreaviso de los riesgos que ella entraña, pues la “apuesta” es a que en un futuro Colombia no arrastre lastres del siglo XX para enfrentar los desafíos del siglo XXI.
Lástima eso sí, que a la posición intransigente que desde ya comenzaron a mostrar las Farc, haya que agregarle los peligros externos descritos párrafos arriba.










