Publicado por: Editorial
El calor ya ha comenzado a multiplicar los incendios en varios municipios de Santander, y tanto los reportes como las previsiones son alarmantes. En zonas como Charta, las llamas consumieron 90 hectáreas de vegetación, y el cuerpo de bomberos y residentes de esta zona tuvieron que hacer un esfuerzo titánico con herramientas manuales y mucha creatividad, además de gran valor y resistencia para contener el fuego. La falta de agua fue una dificultad constante, retrasando las labores de extinción y evidenciando la precariedad de los recursos con los que se cuenta para enfrentar emergencias de esta magnitud.
El caso de Charta nos está mostrando una problemática mucho más amplia y profunda que afecta a los cuerpos de bomberos de Bucaramanga y de todo el departamento, pues las deficiencias en las instalaciones y equipos son numerosas y la llegada de El Niño las convierte en un problema crítico de seguridad y salud pública. Se ha denunciado, por ejemplo, el caso insólito de un bote inflable para rescate, valorado en más de 60 millones de pesos, que permanece sin uso desde hace casi un año por falta de capacitación para su operación.
Esto sucede con los escasos equipos con que se cuenta, puesto que la inversión en este rubro y en formación no ha sido una prioridad para apoyar estos cuerpos de emergencia, por lo que los bomberos se ven obligados a improvisar con lo que tienen, poniendo en riesgo su propia integridad y la de la población que tratan de auxiliar. Lo cierto es que la capacidad de respuesta en el área metropolitana es preocupantemente reducida, a pesar de que en esta zona se concentra el 55 % de la población del departamento.
Los bomberos han tenido que lidiar con vehículos obsoletos, como un carro cisterna que operaba desde hace más de veinte años sin la documentación reglamentaria, y un carro escalera que sufrió un accidente y cuyo arreglo asciende a casi mil millones de pesos, lo que lo mantiene fuera de servicio. Esta carencia de medios efectivos se traduce en que los incendios urbanos sean devastadores y los forestales se prolonguen por días, causando mayores daños materiales, ambientales y humanos, algunas veces.
La situación se vuelve aún más compleja debido a la geografía de Santander, donde el acceso a las zonas afectadas suele ser difícil y peligroso. Los incendios forestales demandan generalmente apoyo aéreo que no siempre llega a tiempo o simplemente no puede operar por las condiciones climáticas o la poca disponibilidad, dejando a los bomberos en tierra como única línea de defensa. Es en estos momentos cuando la falta de equipos adecuados propios y de una estrategia de prevención sólida se manifiesta con toda su crudeza.
La situación de Europa, que en este momento vive las temperaturas más altas de su historia, con incendios que han arrasado miles de hectáreas y han obligado a evacuar a decenas de miles de personas, debe servirnos como una advertencia, pues no podemos esperar a que una emergencia de esa escala nos golpee para reaccionar, porque para entonces, el daño estará hecho y las capacidades de respuesta, ya de por sí limitadas, resultarán completamente inútiles. En Europa, al igual que aquí, la convergencia de altas temperaturas, fuertes vientos y largas sequías crea las condiciones propicias para catástrofes que los recursos existentes no logran controlar.
Es imperativo que los gobiernos municipales, el departamental y el nacional respondan con contundencia y urgencia ante esta amenaza inminente, pues la seguridad de los bomberos y de la población no puede seguir supeditada a la falta de presupuesto o a la ineficiencia administrativa. Se requiere una inversión urgente, suficiente y sostenida para modernizar los equipos, mantener la infraestructura en condiciones óptimas y, sobre todo, proporcionar la capacitación continua que el personal necesita para operar con eficacia y seguridad.











