Santander
Domingo 25 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Capitanejo, el pueblo de Santander que atrae turistas con cabro, carnavales y calor extremo

A orillas del río Chicamocha, este rincón de Santander combina paisajes áridos, gastronomía tradicional y celebraciones que convocan a decenas turistas tanto nacionales como internacionales. Su historia también está marcada por la violencia, los cambios económicos y los desafíos para garantizar el abastecimiento de agua.

Capitanejo se ubica en la provincia de García Rovira, en Santander. 
Foto: Katterine Dimas/ VANGUARDIA
Capitanejo se ubica en la provincia de García Rovira, en Santander. Foto: Katterine Dimas/ VANGUARDIA

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Publicado por: Katterine Dimas

Cuarenta y cinco grados de sensación térmica. Esa fue la marca que alcanzó Capitanejo hace un año, cuando el municipio quedó entre los cinco más calurosos de Colombia. Lejos de espantar a la gente, el calor se volvió la tarjeta de presentación de este pueblo de García Rovira, que cada año recibe visitantes de Boyacá, Casanare, Cundinamarca y hasta de Europa.

Visitar Capitanejo es encontrar cabros desde antes de entrar al municipio, a orilla de carretera. En la entrada del pueblo está el restaurante Cañón del Chicamocha, donde venden, según sus habitantes, uno de los cabros más ricos del municipio. Hacia el mediodía se siente el calor más intenso y la algarabía de los estudiantes que salen de los colegios.

Capitanejo, Santander. 
Foto: suministrada.
Capitanejo, Santander. Foto: suministrada.

Entre semana, el parque permanece casi solo: uno que otro adulto mayor sentado bajo la sombra de los imponentes árboles. Allí se alza el letrero de Capitanejo, acompañado de la escultura de una cabra, y la iglesia de estilo gótico, con las puertas siempre abiertas para propios y visitantes que llegan a pedir sus milagros a San Bartolomé Apóstol. Hay también una enorme ceiba barrigona de más de 100 años y una fuente que ya no funciona, pero que en los años 80 hacía las veces de acueducto: hasta allí llegaban las personas con sus baldes y sacaban el agua mediante una polea.

Capitanejo se asienta a orillas del río Chicamocha, a 1.160 metros sobre el nivel del mar y a 197 kilómetros de Bucaramanga. Es el único municipio de clima cálido y seco de la provincia, y el paisaje lo confirma: cactus, tunos, cujíes y llavos que salpican una tierra árida. Paradójicamente, es también epicentro de los páramos de Guantiva y El Amorzadero.

Foto: Katterine Dimas / VANGUARDIA
Foto: Katterine Dimas / VANGUARDIA

“El sol más fuerte es de 11:00 de la mañana a 2:00 de la tarde. De 6:00 de la tarde a 11:00 de la noche también se siente calor (…) ya después de medianoche es más suave”, cuenta cuenta Felipe Rojas Gualdrón, director de Cultura y Turismo de Capitanejo. El resto del año la temperatura ronda los 25 grados, y el verano, entre diciembre y febrero, es la época más sofocante. A finales de enero de 2025, el municipio superó los 40,4 °C, la segunda temperatura más alta del país ese día.

El precio del clima es la sed. En la temporada seca de 2026, Capitanejo fue uno de los cinco municipios santandereanos con calamidad pública por desabastecimiento de agua. Cuando arrancó el proyecto para traer agua del río Nevado, hace unos ocho años, había 8.000 habitantes; hoy son 14.000. Ya se construye un tanque para 100.000 litros, pero falta la planta de tratamiento: el agua es apta para el consumo, aunque “siempre toca hervirla”.

Foto: Katterine Dimas / VANGUARDIA.
Foto: Katterine Dimas / VANGUARDIA.

El cabro, rey de la mesa y del corral

El cabro se sirve sudado, al horno, a la brasa y, ahora, en salsa de tamarindo, una innovación que Rojas califica de “espectacular”. Lo acompañan el mute, los tamales, el sancocho de gallina criolla con chorotas, los masatos de maíz y arroz y unas empanadas de guiso de arveja con más de 80 años de historia.

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El secreto, cuenta el funcionario, está en el monte. En veredas como La Loma, Gorguta, El Tatal, Montesillo y La Playa crecen tres clases de orégano, una de ellas con sabor a menta, y el animal lo pasta. “El cabro se come ese orégano y eso hace que la carne sea totalmente diferente a cualquier otro caprino criado en otra parte del mundo. Entonces, nosotros gozamos también de esa bendición de Dios y únicamente se encuentra en esta zona” asegura. Las aguas, ricas en sal y azufre, completan la receta: el azufre ayuda a controlar los parásitos.

Feria caprina en Capitanejo, Santander.
Foto: suministrada.
Feria caprina en Capitanejo, Santander. Foto: suministrada.

Unos 30 caprinocultores se dedican a la crianza, a la carne y a las pieles. Aunque se manejan razas extranjeras como la Saanen o la Anglo Nubian, el municipio rescata la cabra criolla santandereana, resistente al verano, a la sed y a la enfermedad. Cada agosto, la Gran Feria Caprina reúne a criadores de los municipios vecinos.

Capitanejo fue conocido como la capital tabacalera de Colombia, con cuatro compañías en su territorio. Cuando fueron cerrando, los campesinos cambiaron el tabaco por melón, cítricos, mango y limón tahití. Hoy prosperan hasta la sandía Isabela, pequeña y especial. De ahí el apodo de capital “tabacalera, caprina y melonera”. Quedan cerca de cien familias pensionadas de esas empresas, entre ellas la del propio Rojas, cuyo papá se retiró de Protabaco.

Capitanejo, Santander. 
Foto: Suministrada.
Capitanejo, Santander. Foto: Suministrada.

Las cicatrices de un pueblo que se levantó

La historia no ha sido amable. Felipe Rojas habla de cuatro violencias en más de un siglo: la bipartidista; la del narcotráfico, entre 1980 y 1984; la guerrillera, con una toma el 30 de agosto de 1996; y la paramilitar. Entre 1996 y 2006, recuerda, el municipio quedó sin fuerza pública y bajo la ley del silencio: a las ocho de la noche, todo el mundo a dormir.

Con la llegada del Ejército y la Policía, hacia 2004, las instituciones retomaron su lugar. “Ahorita usted ve a Capitanejo y está cuatro veces más grande que en la época que sufrimos todas las violencias”, afirma.

El paisaje de cactus y tierra árida anuncia la llegada a un pueblo donde el calor se siente hasta entrada la noche.
Foto: Katterine Dimas/VANGUARDIA.
El paisaje de cactus y tierra árida anuncia la llegada a un pueblo donde el calor se siente hasta entrada la noche. Foto: Katterine Dimas/VANGUARDIA.

Matachines, carnavales y calor humano

Capitanejo es, en palabras de Rojas, “el Melgar de los boyacenses, los casanareños, los cundinamarqueses y los norte santandereanos”. Cada año llegan además colonias de Italia, Portugal, Alemania y España que, dice, “no fallan”. Siete hoteles reciben a los visitantes.

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El calendario cultural explica por qué regresan. En Semana Santa, el pueblo representa en vivo la pasión y muerte de Jesucristo. En diciembre, del 16 al 31, llegan los aguinaldos y las parrandas navideñas, protagonizadas por los matachines, una tradición de más de 80 años. Cada participante recibe disfraz, máscara, penacho, gorro y vejiga. Esta última antes era de bovino y, por la urea, olía mal a los pocos días; Rojas gestionó con ingenieros un diseño de látex sin olor. Se consumen 500 en las diez parrandas.

Feria caprina en Capitanejo, Santander.
Foto: suministrada.
Feria caprina en Capitanejo, Santander. Foto: suministrada.

Otro rastro de la época tabacalera sobrevive en el concurso de piel roja y cacique, que nació cuando la Colombiana de Tabaco apoyó las parrandas a cambio de promocionar su cigarrillo.

En agosto, durante las ferias en honor a San Bartolomé, el puente festivo se llena de carrozas en el Carnaval del Cacique Chicamocha y en el Carnaval Campesino, donde desfilan las 19 veredas al ritmo de la carranga. Cada carroza recibe tres millones de pesos de apoyo, un impulso que, según Rojas, también mueve el comercio local. El lunes, el Festival de Danza María Antonia reúne a más de 30 grupos y 60 danzas de las cinco regiones del país.

Semana Santa en Capitanejo, Santander. 
Foto: suministrada.
Semana Santa en Capitanejo, Santander. Foto: suministrada.

Una parada en el camino

Capitanejo queda a un kilómetro de Boyacá, sobre la Troncal Central del Norte. Desde Bogotá se llega en siete horas y de allí a Cúcuta, otras siete exactas. Sobre el puente que marca el límite, dice Rojas, termina el hablado santandereano y empieza el “sumercé”.

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En 1936, un viajero alemán, Horst Martin, se detuvo en este pueblo atraído por sus cactus, tunos y cujíes, y tomó 360 fotografías. Casi noventa años después, el sol sigue más ardiente, pero el pueblo es más grande, más festivo y más hospitalario. Quien llega por primera vez descubre que el calor de Capitanejo, el que se mide en grados, es apenas la mitad de la historia.

Matachines en Capitanejo, Santander. 
Foto: Suministrada.
Matachines en Capitanejo, Santander. Foto: Suministrada.

Publicado por: Katterine Dimas

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