Un negocio que nació con la necesidad de ofrecer un servicio, se ha convertido en tal vez uno de los más antiguos del Socorro. La tradición de un padre que inspiró al hoy dueño de la Barbería Colombia.

Publicado por: Jhoan Calderón Bayona
Entrar a la Barbería Colombia en Socorro es un viaje al pasado. Esta es tal vez la única de aquellas que nacieron entre los 60’s y 70’s que ha sobrevivido en la capital comunera. Carlos Julio contó su historia a Vanguardia del lugar que lo apasiona, del sitio que lo transporta en el tiempo, y tal vez la herencia más significativa que le dejó su padre.
Una tradición
Carlos Julio Blanco Sánchez tiene 61 años y según sus cuentas, desde que tiene memoria su única herramienta de trabajo han sido unas tijeras, entre otros elementos que se han transformado con el tiempo.
Ser peluquero, o barbero, lo heredó de su papá Manuel Vicente Blanco quien era en su época él único en el pueblo que sabía del oficio: “él trabajó durante muchos años en el Batallón como peluquero. Luego se retiró y montó la Barbería Colombia. Fue padre de 18 hijos, yo fui el noveno, de los cuales solo tres aprendimos de él, pero solo yo he seguido con su legado”.
Dice que aprendió viendo y que su “manía” de ser perfeccionista lo llevó a ser “muy pulido” en el trabajo. Explicó a Vanguardia que se les llama barberos porque, recuerda, que antiguamente la costumbre de los hombres era cortarse el cabello y arreglarse el vello facial el día domingo y antes de ir a misa. Si no era aún momento de pulirse la cabeza, solo se acicalaban con trabajo de barbería. De ahí surgió la necesidad de aprender el uso de herramientas como la navaja.
“No había máquina eléctrica, eran manuales; solo usábamos tijera para pulir y una navaja que llamaban la tres gemelos. Tenía cacha de nácar y era necesario afilarla muy bien con una piedra especial para no ir a causar daños”, relata.
Desvanecido, elegante, el valentino, militar o a ras, eran algunos nombres de los cortes preferidos de los señores. Cualquiera tenía un costo de $20 y como hasta hoy, lo atendían entre las 7:00 de la mañana y las 7:00 de la noche, jornada continua.
Un clásico
Carlos Julio dijo que durante una estancia de dos años en Bucaramanga decidió regresar a su tierra y tomar la barbería como una opción de vida. Su papá compró una casona en pleno centro de la ciudad, hoy propiedad de Vanguardia, donde funcionaba un negocio llamado Café Royal.
Carlos Julio recuerda que su papá era un hombre amable al enseñar, que no tenía ningún reparo en mostrarle a otro cómo se hacía, incluso a un viejo amigo quien terminó montando un negocio similar al que llamó Santander.
Los años han pasado, pero no han pesado. Barbería Colombia hoy sigue abriendo sus puertas a una cuadra de la Plaza del Mercado, en Socorro. Tiene la misma silla con la que don Manuel Vicente inició su trabajo y sumando los años podría alcanzar una edad de un poco más del siglo: cuero protegido por un forro de terciopelo, descansa pies en metal desgastado por el uso y manubrios en acrílico. Calendario de la marca Piel Roja y un viejo radio que transmite la misa de las 11:00 de la mañana.
Buena mano
Se niega a que los años pasen. Predice que las barberías, barberías, están en vía de extinción, pero no le asusta. Ama su oficio. Su esposa, Luz Stella Rodríguez, lo acompaña diariamente como hace 40 años. A la pregunta obligada de ¿quién le corta el pelo al barbero? respondió que ella y él a ella.
“Las amigas vienen y le preguntan que quién le arregla el cabello y de una vez las va mandando seguir conmigo. Les gusta pese a que es un cabello corto, pero muy bien trabajado”, comenta. Tiene dos hijos: Carlos Alberto y Karina Steffany. Él es ingeniero y ella es picóloga. Por supuesto nunca se preocuparon por buscar un peluquero y mientras vivían bajo el mismo techo, nunca tuvieron que pagar un solo peso por arreglarse.
“Les corté el pelo hasta cuando se independizaron. Ahora hacen sus cosas en otras partes. Pero mi esposa si no se me ha salido de las manos (risas)... aunque no se queja, dice que tengo buena mano”, dice el barbero.
Anécdotas
Se ríe cuando evoca la visita del aquel entonces Ggurán: “vi que llegó mucha gente a mi negocio. Pensé que era una pelea, una manifestación o algo por el estilo. Pero algo pasaba. Cuando de todos ellos salió el hombre y me pidió que le cortara el cabello. Me puse muy nervioso, me sudaban las manos. Él se dio cuenta y empezó a hacerme la charla. Me contó que a su papá, mi papá le cortó el pelo durante toda la vida y que tal vez en nuestra infancia jugamos en algún momento. Fue un momento muy bonito porque él vino a Socorro y dentro de su itinerario estaba visitar mi barbería. Quería recordar a su padre años atrás y consiguió más de lo que esperaba porque se encontró con un lugar detenido en el tiempo”.
Blanco Sánchez solo tiene agradecimiento con la gente que lo recuerda por su oficio, con quienes confían en sus manos y por supuesto con don Manuel Vicente, su diaria inspiración. Él seguirá, como dijo, hasta su muerte en aquel lugar tranquilo, perfecto para leer, para escuchar la radio, para detenerse a ver fotos de Socorro de hace ya muchos años y por qué no, para acicalarse un poco.
















