Ella no podía dejar de preocuparse. Lleva sentada largo tiempo en una vieja silla, cociéndose en el fuego lento de su impaciencia. Tiene 20 años. Reside desde hace unos meses en una casa pequeña, protegida con un techo en zinc, que comprime este septiembre caluroso en el barrio Regaderos Norte de Bucaramanga en un aplastante bochorno.

Publicado por: Juan Carlos Gutiérrez
En la mañana una ráfaga de miedo le desordenó todo. No está tranquila. Los días anteriores había sentido a su bebé pegando pataditas en su vientre. Ya está en la semana 39. El parto es inminente. Esta mañana no sintió a su bebé. Lo percibe ahora como quien carga una piedra, inmóvil, que por más que la estimule no reacciona. Pasan las horas y solo piensa en la peor noticia.
- ¿Mi bebé estará muerta?
- Váyase para el hospital .
Solo hasta la noche se decidió ir al Hospital Universitario de Santander. Le prestaron dinero para el transporte. Llegó al área de urgencias. Cuando la acostaron sintió el frío que no se borra del centro clínico en el metal helado de camilla donde esperaba la llegada del médico. Eso la asustó más. Su bebé seguía sin moverse. Le pusieron lo que ella define “como unos aparatos” en su vientre. La intranquilidad la mordía por todos lados hasta que el médico la sacó de su incertidumbre por la suerte de su bebé. Ella no podía creer lo que escuchaba.
Le robaron la ropa
Nueve meses atrás, en enero pasado, esta joven ingresó a una droguería del municipio de El Tarra, ubicado en la convulsionada zona de Catatumbo en Norte de Santander, distante unos 163 kilómetros de Bucaramanga. Allí pidió una prueba rápida de embarazo. Luego camino rápido a la habitación donde vivía con su esposo, un año mayor que ella, y que a esa hora buscaba trabajo, luego de tener empleos temporales como agricultor, mecánico de motos y obrero de construcción. Entró al baño y orinó.
Su esposo llegó horas más tarde, en la noche. Sabía que ella tenía un retraso en su menstruación, pero desconocía de la prueba. Sin decirle nada, ella le entregó la paleta blanca con la prueba. Él vio las dos rayas de color. Los dos en esa habitación, donde escaseaba casi siempre el dinero y la comida, se abrazaron y se besaron boca a boca, como un salvavidas ante el miedo de lo que vendría. Él le dijo que la amaba. Le tomó una foto a la prueba de embarazo, salió a buscar señal de Internet y se la envió a su madre, con el mensaje de que en septiembre sería abuela. Al regresar se acostó con ella a dormir. La rodeó con sus brazos y le volvió a recordar muy cerca al corazón.
- Con el favor de Dios salimos adelante...
Pero la pobreza, como un sudor caliente de una fiebre traicionera, les aplicó todos sus rigores meses después. Los llevó al punto de la desesperación. Ella empezó a hincharse. Su cuerpo asumió una reacción que no entendían. No tenían dinero para un médico y llegar a un especialista era imposible en El Tarra. Su hogar era un árbol sin hojas, que intentaba dar sombra en medio de muchas necesidades y falta de dinero.
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