El 23 de agosto de 1945, con la película mexicana ‘Tuya, en cuerpo y alma’, fue inaugurado el Teatro Libertador, de propiedad del ya desaparecido empresario Saúl Díaz.

Por los lados de la carrera 15, entre las calles 23 y 24, cerca de la actual rotonda de la Quebradaseca, alguna vez se proyectó un corazón de película. Era el Teatro Libertador, aquel templo del cine y de espectáculos que, desde mediados de los años 40, llenó de aplausos y sueños las tardes bumanguesas.
Llevaba con orgullo el nombre de la “espina dorsal” de la ciudad, y su fachada era sinónimo de encuentro familiar. Fue diseñado por el arquitecto chileno Renato Martínez, el mismo que dejó su huella en varios edificios de Bucaramanga.

En su interior, cerca de 900 sillas esperaban a los espectadores, dispuestas para recibirlos a bajo costo, como si el cine fuera un derecho y no un lujo. En la penumbra de su sala se forjaron amores, se compartieron crispetas y se soñó con mundos imposibles.

Era la época del llamado cine de vaqueros, y allí, entre tiros y caballos, los asistentes se escapaban del calor y la rutina.
Las películas llegaban de la distribuidora PelMex (Películas Mexicanas), por eso no era raro que la cartelera estuviera repleta de cintas aztecas y de artistas que llegaban desde México para cantar y bailar sobre su escenario.

Cuentan los más viejos que el Libertador fue el único cine donde se proyectó ‘Las aventuras de Tarzán en Asia’, de principio a fin, y que, en su época dorada, desfilaban artistas capaces de encender los aplausos con solo aparecer.
Pero como toda historia que se respete, también tuvo su capítulo polémico: en los años 60, el Libertador fue pionero del striptease local, un atrevimiento que escandalizó a las familias más conservadoras de la ciudad. Aquello no prosperó, pero marcó su historia con un toque de rebeldía.

Durante décadas hizo parte del Circuito Unión, propiedad de Saúl Díaz, un nombre que todavía resuena entre los nostálgicos del cine antiguo y que fue vilmente asesinado en 1965 junto a su esposa. Dicen que aquellos homicidios fueron el presagio de lo que pronto vendría para el Libertador.
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Sí, el tiempo comenzó a pasarle factura. El auge del betamax, los nuevos gustos y la llegada de las salas modernas fueron vaciando sus butacas.
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A comienzos de los años 80, el Libertador seguía abriendo sus puertas, como si se negara a morir. Algunos hablaron de remodelarlo, de devolverle la vida, de volver a llenar su pantalla de luz; pero el esfuerzo fue en vano. La gente dejó de ir, y la magia se fue apagando poco a poco.
De las familias con niños tomados de la mano se pasó a otro tipo de público: el Libertador se convirtió en un cine triple X, un rincón de clandestinidad y vergüenza donde pocos confesaban haber entrado. A su alrededor, la zona se deterioró: llegaron los habitantes de calle, los ladrones, los talleres de ornamentación y, con ellos, el abandono total.
En 1985, el telón cayó definitivamente. El Libertador se rindió, y con él se apagó una parte de la historia escénica de Bucaramanga. Su pantalla blanca quedó muda, cubierta de polvo y recuerdos.
Hoy, quienes alguna vez compraron una boleta para entrar allí lo recuerdan como uno de los lugares más entrañables de la ciudad. Porque más allá de su final triste, el Teatro Libertador fue, durante muchos años, un refugio de alegría, de arte y de vida.
Y aunque su estructura desapareció, su historia sigue viva en la memoria de quienes lo vieron brillar. Porque hay cines -como hay personas- que mueren, sí, pero nunca se olvidan.
















