domingo 25 de agosto de 2019 - 12:00 AM

Bucaramanga del ayer: Hoy, el parque Romero

Uno de los deberes que tenemos con la historia es el de escribirla. Fiel a esa consigna, cada domingo plasmamos en letras de molde el pasado de los sitios más tradicionales de la Bucaramanga del ayer. Para ello escudriñamos el baúl de los recuerdos y recopilamos esos detalles que ennoblecieron nuestro pasado.

Es tal vez el más legendario de todos los parques de nuestra capital santandereana. Se llama Romero y es el del obelisco.

Casi todos, vivos o incluso hasta los muertos, han pasado por allí.

¿Por qué digo eso?

Porque justo al frente de ese parque está una de las arterias viales más importantes del centro, la calle 45; y además por allí pasan los cortejos fúnebres que conducen al viejo y mítico camposanto de Bucaramanga.

El parque se construyó en un terreno que se conoció, en el siglo pasado, como la antigua ‘Plazuela del Hospital’. El terreno era un lugar abierto frente al centro asistencial, el de la Caridad de San Juan de Dios.

En 1888 doña Trinidad Parra de Orozco y don Anselmo Peralta donaron las manzanas al oriente de la mencionada plazuela, lo que aumentó el área para el entonces nuevo parque.

Los trabajos de adecuación del sitio, que incluyeron siembras de árboles y de plantas ornamentales y que estuvieron a cargo de Ambrosio López, finalizaron en 1897.

Inicialmente al lugar se le quiso llamar como al ilustre Custodio García Rovira. No obstante, tal distinción no se oficializó en la ‘pila bautismal’.

Los alcaldes de la época decidieron asignarle al lugar el apellido del sacerdote Francisco Romero, protagonista de esta historia.

¿Por qué se bautizó así?

Porque el mencionado religioso fue clave para el impulso de la actividad económica de Santander, de manera específica con el tema del café.

Al respecto, hay una leyenda singular que recuerda las simpáticas penitencias que el Padre les asignaba a los fieles católicos que les contaban sus pecados.

Así las coas, por una mentira piadosa había que sembrar 10 pepas de café; por esos malos pensamientos que tenía el bumangués habría que plantar 50; y si el tema era más grave, como el de ‘ponerle cachos’ a la mujer, tocaba sembrar el bulto completo.

Esas eran tres de las enmiendas más ‘duras’ que desde su confesionario les imponía el Padre Romero a sus feligreses pecadores. Claro está que para que el café remplazara a las Avemarías y a los Padrenuestros, la semilla que se debía sembrar no era cualquiera: Debía ser caliente como la brasa del carbón encendido y oscura como la noche; y el aroma del perdón debía embriagar al espíritu.

Así fue que el sacerdote promovió el cultivo del grano desde el púlpito y a lo largo del vecindario de la calle 45 del hoy barrio Chorreras de Don Juan.

Como si se tratara de los famosos monjes de Etiopía, el padre Romero empleó los recursos de su ministerio para difundir la industria del café, en una época en donde las confrontaciones políticas no dejaban promover la liberación económica de los pueblos.

Ir a una misa del padre era como tomarse un tinto de fe, bien caliente al amanecer. Sus sermones, sus oraciones y todas sus cátedras sagradas promulgaban el cultivo del redentor arbusto.

Los historiadores recuerdan que gracias a él, Santander a finales del siglo XIX se vistió de la prometedora planta, hasta convertirse en un productor en gran escala. Tanto que se pensó en abastecer los mercados de Colombia y del exterior.

Este ‘cura de almas’, como se le conoció en su tiempo, había llegado a la capital santandereana en 1865. Su nombramiento oficial decía así: Cura del Beneficio de Bucaramanga.

Durante su paso, él y los tiempos en que vivió Romero en Bucaramanga (1865-1874) fueron de bonanza, marcados por un gran ambiente económico y el ideario liberal que gobernaba.

Los feligreses dejaron sembrados miles de árboles tras una ardua labor que contó con la colaboración de grandes personajes de la época tales como: David Puyana, José Domingo Reyes, Julio Ogliastri, Roberto Carreño y Pedro León González.

El 15 de abril de 1874, la llamada Villa de los Búcaros presenció la fuga de este pastor infatigable, quien fue amenazado por sus detractores políticos.

Como testimonio y agradecimiento por su labor evangelizadora y económica, los bumangueses inmortalizaron su apellido en dicho parque. Su recuerdo quedó grabado en la columna que ornamentó el parque el 20 de julio de 1910.

Justo en esa fecha patriótica, durante el primer centenario de la Independencia de Colombia, se levantó allí el denominado obelisco “A los Sembradores del Bien”.

Es una obra del artista Miguel Vicente Rueda, de estilo romano que fundamenta en un pilar monolítico de base cuadrada y remate piramidal de 5,30 metros de altura y 70 centímetros de ancho.

Se levanta sobre un pedestal conformado por gradas de acceso en piedra labrada y granito, y soporte en mármol ornamentado con festones lobulados.

La lectura de la placa conmemorativa en granito, que publicamos en esta edición, le rinde homenaje al sacerdote Romero por su evangelización y su apoyo a la economía del café. Dicen que el obelisco y el parque en general ‘huelen a tinto’, como si el Padre siguiera impartiendo sus singulares penitencias.

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