Colombia
Domingo 13 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

“El terremoto no termina”: La vida en los albergues de Cali

Más de 30 días después, la tierra dejó de temblar, pero muchas heridas todavía no sanan en Cali. 154 personas murieron, 1.517 resultaron heridas y más de 12.000 edificaciones fueron afectadas. Sin embargo, en medio del dolor, también nació una certeza: cuando todo parecía caer, la solidaridad sostuvo a Cali. Vanguardia estuvo en la zona y habló con los damnificados.

Antes del terremoto algún niño jugó con este tren en el edificio Las Palmas en Cali. Aunque la edificación colapsó por completo, el juguete permaneció casi intacto. Foto: Margarita Castellanos
Antes del terremoto algún niño jugó con este tren en el edificio Las Palmas en Cali. Aunque la edificación colapsó por completo, el juguete permaneció casi intacto. Foto: Margarita Castellanos

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Para Caterine, el sonido de la alerta sísmica que recibió durante el terremoto del 10 de agosto que golpeó a Cali todavía retumba en sus oídos. El aviso llegó a su celular cuando la tierra ya se estaba moviendo y ella corría con su hijo y sus perros para salir del apartamento, mientras escuchaba cómo se desplomaban las escaleras del edificio vecino. “Yo pensé que era nuestro último día de vida”, recuerda con dolor.

Para muchos, el terremoto todavía no termina, aunque ya pasó más de un mes. El miedo permanece. Algunas familias duermen en albergues y otras, por segunda vez en su vida, intentan reconstruir lo que perdieron. En medio de todo, también aparece la solidaridad: personas que llevaron comida, carpas, abrazos y hasta chontaduros.

Esta es la historia de quienes lo perdieron casi todo y de quienes encontraron en la solidaridad una forma de sanar.

La tierra empezó a moverse mientras Caterine Varela doblaba ropa. Su hijo no tenía que ir a trabajar. Normalmente, cuando tiene el día libre, no suele levantarse temprano, pero esa mañana madrugó. Mientras le contaba a su mamá lo que había hecho el día anterior, comenzaron a sentir que la tierra se movía.

La reacción fue salir corriendo. Su hijo tomó a la perra más pequeña. Caterine cargó a Stefa, su otra perrita, que no puede caminar debido a un problema en sus patas. En ese momento recibió la alerta sísmica en su celular. No sonó antes: llegó cuando la tierra ya estaba temblando. Después de escucharla, recuerda, el remezón se hizo mucho más fuerte.

Caterine recuerda con exactitud el movimiento de los edificios y los postes, y la sensación del piso bajo sus pies: “Yo pensé que era nuestro último día de vida”.

Los escombros que recuerdan con dolor lo que pasó el 10 de agosto en el edificio Las Palmas en Cali. Foto: Margarita Castellanos
Los escombros que recuerdan con dolor lo que pasó el 10 de agosto en el edificio Las Palmas en Cali. Foto: Margarita Castellanos

En medio de ese miedo había algo que le preocupaba más que cualquier otra cosa: su hija. La joven se había levantado a las 5:00 de la mañana y le había dicho: “Mamá, no voy a ir a estudiar, tengo pereza”. Caterine le respondió: “Bueno, mamita, entonces acuéstese otra vez a dormir”.

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A las 6:00 volvió a levantarse y cambió de opinión. “Mamá, sí me voy porque tengo que entregar un trabajo y se me había olvidado”. Se organizó y salió de casa.

“Yo pensaba: ¿por qué no está aquí mi hija? Tuve mucho miedo, miedo de perder a mi hija”.

Cuando el terremoto terminó y regresaron al edificio, el miedo fue todavía mayor. Lo primero que vieron fue a una vecina que había fallecido después de que parte de una escalera del cuarto piso le cayera encima. Al encontrarse con esa escena, Caterine quedó en shock. Su hija estudiaba en un tercer piso. Desesperada, solo repetía: “Necesito a mi hija aquí”.

Un vaso que recuerda a una familia que viví en el edificio Las Palmas, que colapsó completamente en Cali. Foto: Margarita Castellanos
Un vaso que recuerda a una familia que viví en el edificio Las Palmas, que colapsó completamente en Cali. Foto: Margarita Castellanos

Su hijo salió a buscarla. La joven, también asustada, corrió hacia la casa porque pensaba que su mamá estaba sola en el apartamento y que algo malo podía haberle ocurrido. Estaban incomunicados: no tenían señal en sus celulares.

Cuando Caterine la vio correr hacia ella, tomó a sus dos perras y también salió a su encuentro para abrazarla. Había pensado que no volvería a ver a su hija.

Cuando finalmente la tuvo frente a ella, sintió alivio. Después comenzó a pensar en su mamá, su papá, sus sobrinos y sus hermanos.

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El terremoto no terminó cuando dejó de moverse la tierra. Para Caterine comenzó otro proceso. Desde el 10 de agosto no duerme bien: “Con cualquier ruido pequeño ya estoy despierta y quiero salir corriendo. No sé hasta cuándo va a durar esa señal de alerta en mi cabeza”.

Intenta, sin embargo, manejar sus emociones. Trata de mantenerse animada, sobre todo por su hija, que ahora recibe clases virtuales. No perdió a ninguno de sus familiares, pero eso no significa que el miedo y el dolor hayan desaparecido.

Caterine Varela observa una fotografía que le tomaron a ella y su hija pocos días después del terremoto. Foto: Margarita Castellanos
Caterine Varela observa una fotografía que le tomaron a ella y su hija pocos días después del terremoto. Foto: Margarita Castellanos

Desde el momento del terremoto, todos los habitantes del edificio fueron evacuados. La estructura quedó seriamente afectada y, después de las inspecciones realizadas, Caterine asegura que les informaron que la edificación no podía seguir siendo habitada.

No pueden regresar. Tampoco pueden entrar a sacar sus pertenencias debido al riesgo estructural, según les informaron tras las inspecciones. Por eso, desde aquel día, viven en una carpa instalada en una cancha del barrio Chiminangos II. Caterine permanece allí con sus dos hijos, sus perros y sus gatos. Ahora el refugio es su hogar.

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“Uno no piensa que se va a levantar un día y se va a quedar sin casa y sin nada”.

Con fuerzas que ni ella sabe muy bien de dónde saca, intenta mirar lo ocurrido como una oportunidad para comenzar de nuevo.

Pero empezar otra vez no es fácil. “No es fácil estar en la calle, no es fácil dormir en una colchoneta después de estar acostumbrado a la comodidad de su casa”, cuenta. Tampoco ha sido sencillo, dice, para sus animales.

En medio de esa nueva vida, sin embargo, comenzaron a aparecer ángeles.

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“De corazón quiero agradecerles a los voluntarios que, desde el primer día, han estado aquí ayudando”, dice Caterine. Habla de quienes llegaron cuando las familias todavía intentaban entender qué había pasado: personas que lideraron donaciones, llevaron alimentos y acompañaron a quienes comenzaron a dormir en el refugio.

Allí han recibido de todo. Pero para Caterine la ayuda no se mide únicamente en comida, carpas o elementos para dormir. También han llegado personas que, sin saberlo, les han brindado apoyo emocional. Y hay algo que, aunque pueda parecer pequeño, para quienes permanecen allí significa mucho: un abrazo.

Un día llegó una joven que vende chontaduros y decidió llevar algunos para donarlos. “A mí me encantan los chontaduros. Y esa muchacha, el día que vino a donarlos, me arregló el día completamente”, recuerda Caterine con una sonrisa.

María Camila Múñoz, de solo 19 años decidió sanar a su niña interior y liderar las ayudas en el albergue del barrio Chiminangos II. Foto: Margarita Castellanos.
María Camila Múñoz, de solo 19 años decidió sanar a su niña interior y liderar las ayudas en el albergue del barrio Chiminangos II. Foto: Margarita Castellanos.

Fue también en esa cancha donde apareció María Camila Muñoz. La noche del 10 de agosto llegó a su casa y vio a sus vecinos durmiendo en el piso, sin hogar, sin comida y prácticamente sin nada. Su corazón le dijo: “Tengo que hacer algo”.

Junto con su hermana comenzó a buscar apoyo entre sus conocidos. Un día después, Carlos Paz, empresario caleño vinculado a Carpas La 66, decidió sumarse a la iniciativa. Según relata Camila, aportaron carpas, vallas, elementos para brindar seguridad a los afectados e incluso baños.

Mientras tanto, Camila y su grupo de voluntarios comenzaron a recibir, organizar y empacar donaciones. También se encargaron de ofrecer desayuno, almuerzo y cena a las familias.

Después surgieron otras necesidades. Los niños requerían espacios para jugar; los adultos mayores, actividades que les permitieran distraerse; y las familias, acompañamiento psicológico. Así, además de comida y ayudas materiales, comenzaron a organizar jornadas recreativas para los niños, apoyo psicosocial y actividades lúdicas para los adultos mayores.

Pero ¿quién es Camila y qué la llevó a asumir ese liderazgo? Tiene 19 años, estudia Fisioterapia y cursa quinto semestre. No fue damnificada directamente por el terremoto, pero vive en el sector.

“Todo surge porque hubo un tiempo en el que mis papás se quedaron sin trabajo. Ahí supe qué era sentir que no se tenía nada, qué era querer algo y no poder tenerlo”.

Ver a los niños en la calle fue el momento decisivo. Entonces pensó: “Debo ayudarlos y aportar mi granito de arena”.

Días después de comenzar a ayudar recordó a la niña que alguna vez fue. “Hace dos días recordé y vi a Camila pequeña, cuando sabía que mamá no tenía dinero para comprarme algo, y dije: quiero apoyarlos porque hubo personas a mi alrededor que me apoyaron en ese entonces”.

Dice una frase que resume lo que también ha significado para ella este proceso: “Apoyarlos y ayudarlos me ha sanado a mí”.

En medio de esas carpas, cada familia carga una historia distinta. Algunas viven por primera vez lo que significa perder su casa. Otras han vuelto a sentir un miedo que creían enterrado desde hacía décadas.

Luis Alberto Valencia muestra su mayor herramienta para afrontar las dificultades:su sonrisa. Foto: Margarita Castellanos.
Luis Alberto Valencia muestra su mayor herramienta para afrontar las dificultades:su sonrisa. Foto: Margarita Castellanos.

Vivir dos terremotos de gran impacto a lo largo de una vida parece casi inimaginable. Luis Alberto Valencia tiene 82 años y lo ha vivido en carne propia.

Todavía recuerda con exactitud aquel lunes 25 de enero de 1999, cuando el terremoto del Eje Cafetero hizo que colapsara por completo el edificio donde trabajaba y dejó destruida buena parte de la casa en la que vivía.

Días después, un familiar de su esposa les ofreció la posibilidad de irse a vivir a Cali. Nunca imaginó que, 27 años después, volvería a enfrentar una situación similar.

Tras el terremoto del 10 de agosto, aunque su conjunto residencial no colapsó, las escaleras quedaron seriamente afectadas y con riesgo estructural. Ahora permanece en el albergue junto con su hija y sus dos nietos.

“Yo estaba en mi apartamento, solo, acostado, cuando sentí el temblor”. Intentó levantarse, pero no pudo. “El pánico se apoderó de mí. Me resigné a la suerte sentado en la cama. Yo pensé que era el último día de mi vida”.

Cuando el movimiento terminó, Luis logró salir. Ninguno de sus familiares falleció.

La olla comunitaria ha permitido que el alimento no falte ningún día después de aquel 10 de agosto. Foto: Margarita Castellanos
La olla comunitaria ha permitido que el alimento no falte ningún día después de aquel 10 de agosto. Foto: Margarita Castellanos

Y cuando habla de lo que le dejó este segundo terremoto, lo primero que recuerda no son las paredes afectadas ni las escaleras. Habla de la solidaridad de las personas.

Al preguntarle a Caterine si esta experiencia dolorosa le había dejado alguna enseñanza, no tuvo que pensarlo demasiado. Dice que, a veces, cuando se tiene todo, las personas se quejan demasiado y no son conscientes de que la vida puede cambiar en cualquier momento.

Con el terremoto aprendió a valorar mucho más a sus seres queridos. “Siempre quieran mucho a su familia. No se nieguen un abrazo, no se nieguen un perdón, no se nieguen una palabra bonita. No se acuesten molestos, no se queden llenos de rencor”.

“A veces, por orgullo, dejamos pasar las cosas, pero no hagan eso, porque no sabemos si puede ocurrir un terremoto y no alcanzamos a decir ni siquiera adiós”.

Entonces deja una frase que parece recoger todo lo que ha vivido desde aquel día: “No dejemos para mañana las cosas bonitas que podemos hacer hoy por las personas que queremos”.

La tierra se movió durante unos segundos. Para algunos, esos segundos lo cambiaron todo. A otros les recordaron que la vida puede transformarse en cualquier momento.

¿Cómo mantenerse en pie y mirar hacia adelante después de perderlo todo? Foto: Margarita Castellanos
¿Cómo mantenerse en pie y mirar hacia adelante después de perderlo todo? Foto: Margarita Castellanos

Pero cuando el movimiento terminó y llegó el silencio, también comenzaron a escucharse otras cosas: las voces de quienes preguntaban quién necesitaba ayuda, los pasos de quienes llevaban comida, el movimiento de las manos que levantaban una carpa, los voluntarios que se quedaban hasta tarde y los abrazos de quienes no tenían una casa que ofrecer, pero sí podían acompañar.

El terremoto dejó miedo, pérdidas y heridas que todavía no terminan de sanar. En Cali, 154 personas fallecieron y 1.517 resultaron heridas. Más de 12.000 edificaciones fueron afectadas y 24 colapsaron totalmente, según el balance presentado por la Alcaldía de Santiago de Cali.

Pero también dejó una certeza entre quienes siguen durmiendo en esas carpas: después de que la tierra dejó de temblar, la solidaridad fue una de las pocas cosas que permaneció en pie.

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