El Dane reveló que el 20,5 % de las familias en Santander tiene prevalencia de la inseguridad alimentaria moderada o grave.

Publicado por: Miguel Orlando Alguero
“Estoy viviendo una dura situación, ya no alcanza para comprar carne porque está demasiado cara, toca comer lenteja, fríjoles y huevos”.
Con esta sentencia, Éder Vásquez, un comerciante informal del centro de Bucaramanga, quien se rebusca ‘el pan de cada día’ con la venta de correas y riatas, expone el impacto del alza generalizada de precios de alimentos en su bolsillo y acceso a comida.
Vásquez se considera uno de los afectados por la inflación. ¿Por qué? La razón apunta a que en su casa cambiaron los hábitos alimenticios y de consumo.
Su hogar hace parte del 20,5 % de familias en Santander con prevalencia de la inseguridad alimentaria moderada o grave. Es decir, 20 de cada 100 hogares en el departamento tuvieron que disminuir la cantidad y calidad de los alimentos consumidos, al menos una vez durante el último año, debido a falta de dinero y otros recursos.

Este es un nuevo indicador que presentó esta semana el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) al país, con el que se pretende mostrar cómo una persona padece de inseguridad alimentaria cuando pasa hambre y no puede acceder a alimentos de calidad, o se salta comidas por falta de recursos, de acuerdo con la Escala de experiencia de inseguridad alimentaria (Fies), obtenidos de la Encuesta Nacional de Calidad de Vida de 2022.
¿Falta de recursos?
Otro dato que reveló este indicador es que el 2,5 % de los hogares en el departamento padecen de inseguridad alimentaria grave, lo que equivale a que en 2 de cada 100 hogares al menos una persona se quedó sin comer durante todo un día por falta de dinero u otros recursos en los últimos 12 meses.
“Para mercar es una odisea. Se compra poco o uno se come algo en la calle para pasar el día porque no alcanza lo que uno gana para ir a mercar”, narra Vásquez, quien vive cerca de la plaza la nocturna por el sector de La Rosita.
Al mes gana entre $700 mil y $800 mil, los cuales destina para el arriendo, comprar más mercancía, pagar servicios y mercado. “A veces a uno no le queda nada y uno queda colgado”, comenta.
Además, agrega que ante esta situación no hay dinero para ahorrar, “porque vivo alcanzado, trabajo para pagar. No se puede ahorrar nada porque a veces no queda ni para la comida”.

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Plano nacional
De acuerdo con la Escala de experiencia de inseguridad alimentaria (Fies), la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave en los hogares de Colombia fue del 28,1 %.
Es decir, 28 de cada 100 hogares tuvieron que disminuir la cantidad y calidad de los alimentos consumidos, al menos una vez durante los últimos 12 meses, debido a falta de dinero y otros recursos.
En el total nacional, la prevalencia de inseguridad alimentaria grave fue de 4,9 %, lo que significa que en 5 de cada 100 hogares al menos una persona se quedó sin comer durante todo un día por falta de dinero u otros recursos en los últimos 12 meses.

De acuerdo con el Dane, la probabilidad de que un hogar experimente inseguridad alimentaria moderada o grave está estrechamente asociada con la percepción de pobreza por parte del jefe/a del hogar.
En efecto, 43 de cada 100 hogares cuyos jefes/as o sus cónyuges se consideran pobres registran esa clase de inseguridad alimentaria, nivel que desciende a 13 de cada 100 hogares con jefes/as que no se perciben pobres.
Calidad y cantidad
Ante este panorama, Doris Amparo Barreto, magíster en Psicología, docente e investigadora Unab Transformativa, con el proyecto ‘La cocina y la educación en un solo lugar: Fogones para todos’, explica que los problemas de acceso limitado a la cantidad y calidad de los alimentos pueden tener diversas consecuencias, una de ellas es la malnutrición.
“Este es uno de los efectos más directos, que puede manifestarse tanto en forma de desnutrición como de malnutrición por exceso (obesidad). Si una familia no tiene acceso regular a una variedad de alimentos nutritivos y equilibrados, puede haber deficiencias de vitaminas, minerales y otros nutrientes esenciales”, dice Barreto.
La académica insiste en que las afectaciones son negativas para la salud y el desarrollo de los miembros de la familia, especialmente, de niños y niñas.
“A nivel emocional se pueden generar una serie de dificultades y desafíos para las personas y las familias. Es común ver una preocupación constante por la disponibilidad de alimentos y la incapacidad para satisfacer adecuadamente las necesidades nutricionales básicas, puede generar altos niveles de estrés y ansiedad”, sostiene la investigadora.
Añade que esta incertidumbre, sobre cuándo y cómo se obtendrá la próxima comida, puede producir una carga emocional significativa, con sentimientos de impotencia y frustración, por la incapacidad para acceder a alimentos suficientes.

Inflación de alimentos
Hay que recordar que para el cierre del 2022, los alimentos aportaron 4,9 puntos porcentuales a la inflación total del país, que se ubicó en 13,1 %, siento este el factor de mayor contribución al alza sobre los precios, para llegar al 27,81 %.
“Cuando los precios de los alimentos aumentan, especialmente de manera sostenida, se generan consecuencias que afectan la capacidad de los hogares para acceder a alimentos suficientes y nutritivos. Por eso, el alza de precios puede llevar a los hogares, que ya se encuentran en una situación vulnerable, hacia la inseguridad alimentaria”, recalca Barreto.
Y lo que se vio en el 2022 es que los alimentos explicaron la aceleración de la inflación, por tanto, la docente afirma que, si los alimentos se vuelven más costosos y los ingresos de los hogares no aumentan en la misma proporción, puede resultar difícil para las familias comprar los alimentos que necesitan, lo que puede llevar a una disminución de la calidad y cantidad de alimentos consumidos.
“Habrá mayor pobreza monetaria, lo que significa que no tienen suficientes recursos para acceder a una alimentación adecuado, resultando en una mayor dependencia de la asistencia alimentaria y la necesidad de recortar gastos en otras áreas, y a su vez puede tener un impacto negativo en otras necesidades básicas”, concluye la académica.
Patricio López-Jaramillo, medico endocrinólogo y rector de la Universidad de Santander, señala que el país atraviesa un momento crucial para establecer una soberanía alimentaria basada en una alimentación adecuada y saludable que reconozca las dietas y gastronomías locales a través de la disponibilidad, acceso y adecuación de alimentos para una vida sana y saludable. Se crea la transferencia en especie de “hambre cero”, la cual busca garantizar el derecho a la alimentación de la población en situación de pobreza y extrema pobreza.
“Se demuestra que el consumo alimentario de los colombianos es pobre. Las mayores deficiencias están en el consumo de nueces, legumbres, leche entera y pescado.... La calidad de la dieta se asocia con un menor riesgo de mortalidad, enfermedades cardiovasculares, ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares”, subraya el académico.
En su reciente investigación, recomienda comer muchas frutas (incluidos aguacates y tomates), verduras, nueces, legumbres, una cantidad adecuada de pescado y proteínas de origen animal, a través de leche entera y carnes rojas o blancas no procesadas, tanto para el desarrollo apropiado de la capacidad humana y para reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y mortalidad.
El rector de la Udes recalca que el nivel socioeconómico de las familias influye en calidad y cantidad de lo que comen.
“Es más barato comer harinas ultraprocesadas o una bolsa de papas fritas que comprar un cartón de huevos o litros de leche. Es un gran problema que tenemos, es decir, garantizar que los alimentos estén disponibles y sean asequibles, eso va acompañado de acciones terciarias como el buen estado de las vías para sacar los productos, comercialización apropiada de los alimentos y promoción de consumo saludable. Entonces esto es un problema de todos los sectores, desde el productor hasta el médico”.
De esta manera, según el académico, hay problema de acceso a alimentos y mala educación en lo que se debe consumir, es decir, las familias están consumiendo poco y de baja calidad.















