Una foto republicada en redes reactivó un gesto silencioso en los columbarios del Cementerio Central a donde la artista Mónica Savdié llegó con su performance Ríos de sangre. Tras la muerte de Beatriz González, la imagen vuelve a leerse como despedida.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
La foto reapareció como lo hacen las cosas que no se van del todo: con el brillo tenue de una publicación compartida “ayer” y el golpe inmediato de lo que esa imagen contiene. En el Cementerio Central, frente a los columbarios intervenidos por Beatriz González, una figura vestida para el performance avanza con una tela roja que parece no acabarse nunca. No hay aplausos, no hay tarima, no hay palabras. Solo el rojo tensado en el aire y el gris repetido de los nichos: el cuerpo de la ciudad mirando, otra vez, hacia su duelo.
En noviembre de 2025, Mónica Savdié llegó a ese lugar con el atuendo de “Ríos de sangre”. La escena, contada por ella misma, tiene la claridad de los gestos sencillos: la tela roja de 131 metros se acerca a las figuras de “Auras Anónimas” como quien se aproxima a una presencia mayor. “Ahí estaban las figuras de Beatriz y ahí estaba esa larga tela roja acercándose a saludarla”, dice Savdié. En la foto, el “saludo” se vuelve forma: una diagonal roja enfrentada a un muro de memoria.
La imagen circula ahora en un tiempo distinto. La maestra santandereana Beatriz González murió el 9 de enero de 2026 y, desde entonces, el país vuelve a medir su tamaño: no solo el de una carrera que marcó el arte colombiano, sino el de una obra pública que convirtió un espacio olvidado en un lugar de preguntas. La fotografía, al volver a aparecer, no cambia lo que fue aquel gesto, pero sí altera su eco. Lo que antes era un encuentro entre piezas vivas, hoy se lee como un diálogo con una ausencia reciente.
Los columbarios del Cementerio Central (ese bloque largo de nichos, una arquitectura pensada para guardar cenizas y que por décadas fue deteriorándose) se transformaron en otra cosa desde 2009. Allí Beatriz González instaló “Auras Anónimas”: una intervención que repite una y otra vez la silueta de cargueros, figuras tomadas de fotografías periodísticas, cuerpos que cargan cuerpos. La repetición no es decorativa; es insistencia. Cada imagen parece decir: aquí hubo alguien, aquí hubo un muerto, aquí hubo un traslado. Y al repetirlo sobre miles de nichos vacíos, la obra obliga a mirar el vacío como una forma de historia.
La artista señala que
El río de sangre fue un acto artístico que se inició en el estallido social (2021) cuando Savdié al ver las banderas invertidas que portaban los manifestantes confeccionó con su propia bandera el atuendo de Colombia y decidió acompañar las marchas arrastrando una tela de 4 metros como símbolo de la sangre derramada.
Este “río” comenzó a “crecer” a medida que crecía el descontento popular. Midió 7, 11, 15, 19 metros en el 2021 y en el 2022 alcanzó los 49 metros de largo gracias a un esfuerzo personal y luego los 81 metros gracias a una donación de la fábrica de telas -que pide mantenerse en el anonimato- donde Savdié inició su idea. Faltando dos meses para las elecciones presidenciales Savdié midió la diagonal de la Plaza de Bolivar y procedió a hacer una colecta para completar los 131 metros que mide esa diagonal. Once días antes de los comicios una línea roja atravesó el centro del poder, un lugar que Duque vetó para las manifestaciones durante su mandato.

Ese es el peso del lugar donde llega Savdié con su tela. El Cementerio Central no es un escenario neutro: es un sitio donde Bogotá ha enterrado a parte de su relato social, político y cultural. En los columbarios, “Auras Anónimas” funciona como un memorial a la violencia y a las víctimas sin nombre, pero también como una pregunta sostenida sobre el espacio público: ¿qué hace una ciudad con sus muertos?, ¿dónde los pone?, ¿quién los recuerda?, ¿quién los carga?
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“Ríos de sangre” nació lejos del cementerio, en la calle. Savdié lo sitúa entre 2021 y 2022, en los días largos del estallido social, cuando las marchas desbordaron avenidas, y la Plaza de Bolívar, corazón simbólico del poder, volvió a ser un territorio de cuerpos. Allí, dice, atravesó la plaza con esa misma tela roja, trazando una diagonal que parecía cortar el espacio: una línea viva sobre piedra, un rastro que no podía barrerse con facilidad porque era, ante todo, una imagen.
La tela roja es una metáfora evidente, sangre, herida, violencia, pero en la práctica funciona como algo más: un cuerpo extendido, una materia que obliga a cambiar la manera de caminar y de mirar. El performance no se queda en el símbolo; ocupa el espacio, lo incomoda, lo vuelve escena. En el estallido social, ese rojo dialogaba con la multitud, con el ruido, con la tensión política. En los columbarios, el rojo se vuelve otra cosa: una presencia que no grita, pero no se deja ignorar.
Savdié, artista de práctica interdisciplinar (periodista, narradora, diseñadora industrial y creadora visual), trabaja desde ese punto de cruce: la imagen como relato y el relato como gesto. Sus acciones suelen salir de la investigación, de la observación social, de la necesidad de poner un cuerpo en el lugar donde la noticia deja una cicatriz. Y quizá por eso el encuentro con Beatriz González se siente orgánico: en ambas, la referencia periodística se transforma en un lenguaje de duelo.
La potencia del momento está en cómo se miran los materiales. En “Auras Anónimas”, las figuras de Beatriz evocan las telas usadas para cargar muertos, los cargueros que se repiten como estampas de una historia que se niega a desaparecer. En “Ríos de sangre”, la tela roja se vuelve río, ruta, herida extendida. Una obra trabaja sobre la memoria del conflicto; la otra nace del presente convulso de la calle. Y, sin embargo, las dos parecen hablar el mismo idioma: el de la pérdida que se acumula y el de la ciudad que intenta nombrarla.

En la fotografía, el diálogo no necesita subtítulos. El rojo se acerca a los nichos como una línea que busca contacto; las siluetas de los cargueros permanecen inmóviles, pero no calladas. Y el cementerio, ese lugar que suele asociarse al final, se convierte en un punto de encuentro donde la vida sigue produciendo sentido.
Reaparecida en redes, la imagen no solo documenta un performance. También documenta algo más frágil: la manera en que el arte público se activa por contagio, por circulación, por memoria compartida. La foto publicada “justamente ayer”, como dice Savdié, es parte de la obra tanto como la tela o el muro. Porque en un país donde tantas escenas se pierden o se distorsionan, volver a mirar también es una forma de sostener.
Savdié nunca más volvió a ponerse el atuendo ni arrastrar la tela por más que fue invitada a hacerlo en múltiples ocasiones. Ella sostiene que durante este gobierno progresista no lo haría. Salvo en el pasado mes de noviembre cuando acompañó con su atuendo un encuentro ritual de memoria realizado en el CMPR (Centro de Memoria, Paz y Reconciliación) después del cual se acercó a “dialogar” con la obra poderosa de la Maestra Beatriz Gonzalez.














