Entre máscaras rústicas, música tradicional y la emoción de los aguinaldos, los matachines han marcado por generaciones la identidad de las comunidades santandereanas. Hoy, el Colectivo Clorofila documenta su historia antes de que el paso del tiempo la desvanezca.
En diciembre, cuando el viento helado anuncia la Navidad en las provincias santandereanas, suenan pasos fuertes contra el pavimento. Aparece una figura enmascarada que sostiene una vejiga de res atada a un palo. Luego otra. Y otra.
Máscaras coloridas, trajes rústicos hechos de tiras de costal y un sonido que se expande por las calles, llamando a la fiesta. Entre risas y sobresaltos, el desafío es claro: buscar una moneda para darles… o correr por la vida cuando uno de ellos emprende la persecución dispuesto a golpearle con su vejiga.
Así han salido, por generaciones, los matachines. Una tradición que mezcla danza, burla y resistencia; una expresión popular que nació para celebrar y que durante décadas ha servido para reconocerse como comunidad durante los aguinaldos decembrinos.
Conscientes de la fragilidad de la memoria oral sobre la que se sostiene esta tradición, el Colectivo Clorofila partió de una premisa: ¿cómo conservar el patrimonio cultural de Bucaramanga y Santander desde la investigación y la creación? Le puede interesar: Quebrarlo todo: una obra en Bucaramanga sobre las búsquedas que no cesan
Lida Prada, productora e investigadora del colectivo, cuenta que esa inquietud dio origen a proyectos sobre parques históricos y oficios tradicionales del centro de la ciudad.
Sin embargo, en 2022 el grupo decidió ir más allá y adentrarse en una de las tradiciones más emblemáticas que hoy se transforma y corre el riesgo de diluirse: los matachines de la provincia García Rovira y del barrio La Cumbre de Floridablanca. El propósito era reconstruir las historias que forjaron esta práctica y fortalecer la apropiación del legado cultural en las comunidades que la mantienen viva.
Es por ello que el colectivo decidió crear una serie web que recopila las voces de sus habitantes, junto con imágenes, relatos y las prácticas más representativas de cada comunidad. Prada explica que “a cada capítulo le hemos dado su propia identidad, pero siempre con tres ejes: el microdocumental, la serie fotográfica y la reconstrucción del rol de la mujer en la tradición”.
En el proceso rastrearon sus raíces globales. El historiador y cofundador del colectivo, Sergio Acosta, explica que en Europa, desde la Edad Media, existen figuras similares asociadas a fiestas religiosas, como ocurre en Córdoba, España. Para Santander, lo que hoy existe es un sincretismo cultural: influencia española ligada a las celebraciones decembrinas mezclada con elementos indígenas que resignificaron la danza según los territorios.
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Fiesta y tradición en Santander
La tradición se expandió y fue tomando distintas formas según cada municipio. Por eso Clorofila recorrió tres lugares donde la celebración aún se mantiene profundamente arraigada:
Los primeros registros se encuentran en Málaga, donde la tradición permanece viva desde hace más de un siglo. Los matachines, también conocidos allí como chirosas, participan en el anuncio de las novenas, recorriendo las calles detrás de los músicos.
Los personajes hacen referencia a los animales de la región y a figuras religiosas y profanas como el diablo, la bruja o la “madama”. Aunque la tradición persiste, preocupa la pérdida de personajes originales, desplazados por máscaras comerciales que poco tienen que ver con la memoria local. Pero hay un principio que no se negocia, y es que la identidad del matachín jamás se revela.
La celebración en Concepción permanece como un acto libre, espontáneo y profundamente comunitario. No hay organización central, ni comparsas formales: cualquiera puede convertirse en matachín con lo que tenga a la mano. Es habitual que en el parque principal se reúnan más de 200 personajes en simultáneo, incluidos decenas de niños que se apropian de la tradición jugando a asustarse y a perseguirse.
En Capitanejo los matachines se asocian a caminatas festivas y recorridos hacia distintos puntos del pueblo, especialmente las termales cercanas, en un ritual que combina el baile, la fiesta callejera y la convivencia comunitaria. La música de tambores y chirimías marca el paso de los danzantes, quienes recorren el pueblo visitando casas y recibiendo aguinaldos como parte del intercambio tradicional. Es un juego entre miedo y risa: el matachín persigue, pero también invita a celebrar.
El recorrido del grupo culmina en La Cumbre, Floridablanca, donde la celebración llegó en 1963 con la migración de Don Antonio Reyes desde Soatá, Boyacá. Décadas después, el liderazgo de Don Hugo Arteaga la convirtió en un carnaval multitudinario, con pólvora, música y espectáculos que marcaron una identidad propia.
Tras su muerte en 2011, la tradición estuvo en riesgo, pero una nueva agrupación la revitalizó con propuestas contemporáneas: tamboras, malabares, comparsas del 31 de octubre y campañas comunitarias que mantienen vivo el espíritu festivo.
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Ese desvanecimiento progresivo, especialmente en los municipios rurales donde las manifestaciones se han ido apagando, es lo que impulsó al Colectivo Clorofila a emprender un trabajo de investigación y creación alrededor de los matachines. Su labor se ha transformado también en encuentros y actividades pedagógicas que devuelven a las comunidades el valor de su propio legado cultural.
La idea es que la comunidad se apropie de su tradición y que existan nuevas generaciones que sostengan lo que se está perdiendo. “Para nosotros la investigación es también una forma de devolverle algo a la comunidad. Por eso creamos talleres de transferencia de conocimiento: invitamos a artistas locales que fabrican máscaras o trajes para enseñar a niños, jóvenes y familias", cuenta Lida Prada.
Mantener vigentes los matachines es preservar una identidad que se ha construido durante décadas: la memoria de una migración forzada por la violencia, la imaginación rural convertida en fiesta urbana, y, sobre todo, el derecho de los pueblos a seguir siendo únicos en un mundo que insiste en que todos se parezcan.














