Lo que vivimos de niño repercute en nuestra vida de adulto

Cuando llevamos por dentro un ‘niño herido’ y ese ‘pequeño’ no se logra sanar, su dolor repercute en la vida cotidiana, afectando tanto nuestro estado de ánimo como nuestras relaciones con los demás.
Por eso se afirma que los primeros siete años de vida son determinantes: la forma en que se vivan marcará la adultez, pues todo lo que experimentamos entre los 0 y los 7 años queda grabado en lo más profundo de nuestro ser.
Menciono este tema porque el mundo está enfermo, y más aún en esta época en la que el estrés ocupa el centro emocional. Desde allí emergen los miedos, las ansiedades, los vacíos interiores… en fin, toda una carga que nos impide vivir plenamente.

Esos vacíos parecen multiplicarse en una sociedad que con frecuencia olvida detenerse a cuidar lo más esencial: el corazón humano.

¿Cómo podemos sanarnos?
Existen caminos posibles. El amor, por ejemplo, no es algo que se busca afuera, sino una energía que habita en cada persona. La fe, más allá de las religiones y entendida como certeza en lo invisible, nos brinda la fuerza para confiar en lo que aún no se ve. Y la resiliencia, esa capacidad de levantarse después de una caída, nos recuerda que ninguna adversidad es definitiva si se enfrenta con coraje y esperanza.
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Las experiencias que atravesamos no siempre son nuevas. Algunas se repiten, como si fueran lecciones pendientes. Lo que vivimos en la infancia, o incluso en existencias anteriores, puede reaparecer una y otra vez como una rueda que no cesa de girar. Comprenderlo nos ayuda a entender por qué ciertos patrones de dolor parecen acompañarnos sin explicación aparente.
En este viaje es evidente que cada ser humano se encuentra en una etapa distinta de evolución. Algunos destacan por su intelecto, otros enfrentan grandes carencias materiales, y hay quienes cultivan una espiritualidad más profunda. Nadie avanza a la misma velocidad, y esa diversidad también enriquece nuestra existencia colectiva.
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Reflexionar sobre estas realidades abre la puerta a encontrar sentido a lo que vivimos. Al profundizar en uno mismo, pueden aflorar emociones y recuerdos guardados como cápsulas selladas en la memoria. Muchas veces no recordamos los detalles, pero el cuerpo y la mente conservan las huellas. Allí se esconden las raíces de fobias, iras, complejos, tristezas e incluso enfermedades.

Por eso, cuando emprendemos procesos de introspección, puede surgir el encuentro con ese niño interior que aún guarda rabia, dolor, placer o miedo. Reconocerlo es fundamental para poder sanar y, por supuesto, renacer.
La pregunta del día

Las inquietudes suelen asaltar nuestro estado de ánimo, especialmente en estos tiempos. Sin embargo, cada cuestionamiento abre también una oportunidad para mirar hacia un nuevo horizonte, ya sea a través de la reflexión o de estrategias sanas para el alma. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “Desde hace un tiempo experimento cambios repentinos en mi estado de ánimo. Diría que son simples ráfagas de desmotivación provocadas por duras situaciones que he vivido. Lo que me preocupa es que llevo nueve meses así y, de cierta forma, está afectando mi cotidianidad. ¿Qué podría aconsejarme?”
Respuesta: Los cambios repentinos del estado de ánimo requieren atención inmediata, sobre todo cuando se prolongan por tanto tiempo sin resolverse y empiezan a alterar las actividades de la vida diaria.
Es normal que, en determinados momentos, atravesemos por emociones de tristeza, angustia o desánimo, e incluso enfrentemos uno que otro revés.
Sin embargo, por lo que me comparte, la repercusión en su estilo de vida es una señal de que algo no está bien y merece ser atendido.
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Contar con un espacio donde pueda ser escuchado y valorado a tiempo es fundamental.
Usted menciona que podrían ser “simples ráfagas de desmotivación”, pero debo advertirle que esos episodios, si persisten, podrían ser síntomas de depresión. Es necesario identificar cuáles situaciones han sido determinantes en lo que hoy está viviendo y, a partir de allí, prevenir que el ánimo empeore o se mantenga en ese estado.
Mi consejo, más allá de un posible diagnóstico, es que consulte con un psicólogo. Este profesional cuenta con estrategias y terapias que pueden resultarle de gran ayuda, siempre que exista buena disposición al cambio.
Y dado que usted es un hombre de fe, también le sugiero que, a través de la oración, le pida a Dios claridad, fortaleza y decisión para superar esta situación.
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Breves reflexiones

La tristeza también tiene su espacio, y sentirla no nos hace débiles; al contrario, nos recuerda que somos humanos. Si se siente desanimado, regálese el tiempo para vivir ese episodio; sin embargo, no permanezca allí toda la vida.

Usted decide si lo que le ocurre le afecta negativamente o lo transforma en una experiencia para bien. Todo depende más de su actitud. La vida, aun con sus vicisitudes, ofrece la oportunidad de sobrellevar cada situación con la mayor dignidad posible.

Tener a Dios en su barca no significa que no se registrarán tormentas; significa que su embarcación no se hundirá. Confíe en Él, pero no deje de remar. La fe es fundamental, pero también lo es el esfuerzo personal.

El presente es la mejor manera de conectarse consigo mismo. Por eso, procure ser lo más feliz posible, recordando que nada es eterno y que cada oportunidad es una bendición del cielo. Así las cosas, devórese el mundo.















