Desde Bucaramanga hasta las grandes universidades de música en Austria, la soprano Margarita Rosa Castañeda Corzo forjó una carrera internacional en la ópera con disciplina, talento y una voz que deslumbró en Europa.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Una voz poderosa puede nacer en cualquier parte, incluso en una ciudad pequeña aunque con mucho qué ofrecer. Durante sus años de colegio, en La Quinta del Puente, en Floridablanca, Margarita Rosa Castañeda Corzo imitaba a Shakira con tanta precisión que se hubiera pensado que su destino era el pop: “podía imitarla perfecto”, recuerda con una sonrisa que aún guarda asombro.
Pero el rumbo de su vida cambió el día que su mamá le propuso que se apuntara a clases de canto. Y Margarita aceptó. Fue allí, en una pequeña academia de Bucaramanga, donde una profesora húngara vio lo que ella aún no alcanzaba a sospechar.
“Ella me escuchó y me dijo: ‘tiene una voz perfecta para ópera’. Y yo no tenía ni idea de qué era eso”.
Así comenzó un camino que la llevaría de la capital santandereana a Bogotá y de allí a las más exigentes universidades musicales de Europa. Eso sí, no fue nada fácil, pero Marro, como le dicen sus amigos de cariño, perseveró.

De Bucaramanga a Austria
El camino se fue trazando paso a paso. Gracias a esa primera profesora, Margarita se preparó para audicionar en Colombia. Estudió en la Javeriana, ganó una beca de la Fundación Arte y la Ciencia y vivió un tiempo en Bogotá, donde se convenció de que su destino no estaba en el país.
“Yo sabía que si me iba a dedicar a esto, no podía quedarme en Colombia. Quería estudiar donde estaban los mejores”, dice con convicción. Y cuando dice “los mejores” no habla en sentido abstracto: se refiere a las universidades más prestigiosas del mundo en formación operática, específicamente en Austria.
No aceptó rutas fáciles: “Me decían: ‘Vaya a este lugar, que allá es más fácil’. Pero yo no quería estudiar en cualquier parte. Si iba a dejar mi familia, mi vida, todo, era para estar con los mejores”.
Y así se presentó a dos universidades de altísimo nivel: una en Salzburgo, otra en Viena. “Me decían que no iba a pasar, que eso era muy difícil. Se presenta gente de todo el mundo: rusos, coreanos… mi papá me dijo que tenía una sola oportunidad. Si no pasaba, tocaba buscar otra cosa”.
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Pasó en ambas.
En Salzburgo, la competencia era feroz: “éramos 200 y pasaban tres. Y pasé”. Aún lo dice con esa adrenalina mezclada con nostalgia que siempre genera el recordar los logros más anhelados. Dos días después, en Viena, se enfrentó a una audición con 300 aspirantes. También pasó.
Entre las dos ciudades, eligió Viena. Allí vivió cinco años, en los que aprendió no solo a cantar, también a integrarse a una cultura completamente diferente.
El cuerpo es el instrumento
Margarita habla de la ópera como lo hace quien ha vivido dentro de ella: “la vida de un cantante de ópera es muy sana. Es como ser deportista de alto rendimiento. Uno no puede trasnochar, no puede tomar trago. Es supersanto”, dice entre risas.
Y es que “el cuerpo es el instrumento. No se canta solo con la garganta. Se canta con los huesos de la cara, con el pecho, con la respiración. Uno tiene que estudiar muchísimo para conocerse”.
Lo explica todo con detalle, como si aún estuviera en clase: que los músculos del abdomen son clave, que el canto no usa micrófono, que la técnica se basa en sensaciones internas: “uno no escucha su voz como la oyen los demás. Desde adentro, todo suena distinto”.
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Recuerda con especial cariño dos momentos cumbre en su carrera. Uno fue el Festival de Salzburgo, uno de los más grandes del mundo, donde usó exquisitos trajes con muchas pelucas y donde compartió con grandes artistas del canto lírico.
Y el otro, un viaje a Cali: “Allá canté en un festival y mis papás fueron. Me llevaron en carro, con chofer, y mis papás vieron todo eso. Ahí entendieron que sí se podía vivir de la ópera. Que no había sido una locura mía”.
Pero la vida artística también tiene sus cambios de dirección. Hace siete años, Margarita fue madre. Y ahí todo cambió: “me parecía muy duro viajar y dejar a mi hijo. Ya no quería eso”. Dejó los escenarios como carrera principal y comenzó a explorar nuevas formas de trabajar con la música.
“Busqué en internet trabajos en música y terminé haciendo mercadeo”. Hoy trabaja en una de las plataformas de streaming más grandes del mundo, vinculada a proyectos de música clásica. “Ahí sigo con la música, desde otro lugar. Y me respetan mucho por haber sido cantante de ópera”.
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Canta, sí, pero solo en ocasiones especiales. “Cuando es algo muy especial, lo hago y lo disfruto”.

A pesar de los años en Europa, Bucaramanga sigue siendo su punto de referencia: “extraño el clima, la comida, la familia. Tengo una familia muy grande, y acá no es así. Allá uno siempre está con gente”.
Cada vez que viene (trata de que sea por lo menos una vez al año”) ve a una ciudad que cambia constantemente.
Entre todas las figuras del canto lírico, una destaca para Margarita: María Callas. “Era mi modelo, me sabía su vida, su música, todo. Pero yo no soy como ella. Ella daba todo por la música, incluso no tener hijos. Yo elegí otra vida”.
Hoy, más que una diva, Margarita es una mujer que supo transformar su pasión en un proyecto de vida completo, más allá del escenario.














