Solo en nuestro siglo, cuando la cédula del elector se convirtió definitivamente en cédula de identificación del ciudadano, se cayó en cuenta de que sobraban los datos del empaque físico de la persona.
Inicialmente, la cédula de ciudadanía no vino a nuestro país como documento de identificación personal de cada ciudadano, sino como título del elector. Su propósito original era prevenir el fraude electoral, mediante la exhaustiva identificación del elector por parte de los jurados de las mesas de votación. Se trataba de corregir los vicios de un sistema electoral desacreditado, causante de la abstención electoral, para poder afianzar el orden público. Fue a Gabriel Turbay Abunader al que se le ocurrió, en 1929, invertir el orden de la propuesta legislativa: adoptar la cédula de ciudadanía para todos los efectos civiles, y solo ocasionalmente para ejercer el derecho al sufragio.
En octubre de 1933, cuando Turbay se convirtió en ministro de Gobierno, se propuso introducir definitivamente la cédula de identidad de los ciudadanos electores, como medio de perfeccionamiento del régimen electoral. Esas cédulas debían imprimirse en papel fino de 17 centímetros por lado, agregando la impresión digital del dedo pulgar de la mano derecha en ella. Pero al expedirla se formaría un completo prontuario del ciudadano, con todos sus datos biográficos y morfológicos, acompañado de una dactiloscopia de los diez dedos de las manos.
¿Para qué tanta información? Para dificultar la falsificación del documento destinado al elector. Por ello, en 1934 el presidente Olaya Herrera dijo que la cédula de ciudadanía representaba una conquista de la auténtica democracia y una garantía de la pureza del sufragio.
Solo en nuestro siglo, cuando la cédula del elector se convirtió definitivamente en cédula de identificación del ciudadano, se cayó en cuenta de que sobraban los datos del empaque físico de la persona.
¿Por qué? Porque el ciudadano moderno no tiene atributos físicos, sino únicamente atributos políticos igualitarios. Un ciudadano no tiene género, color, forma de nariz, olor, tinte en los ojos ni oficio. Hasta que llegaron los apóstatas de la ciudadanía a preguntar por nuestra etnia, opción de género y limitaciones físicas, sobornándonos con baratijas de una discriminación positiva.
Un absurdo político que hizo carrera, por si no se han dado cuenta. A mí que me dejen de ciudadano a secas, sin atributos. No soy de ninguna tribu.












